Wednesday, February 27, 2013

El hombre que estorbaba

(Lo mejor y más justo que se ha escrito sobre el asunto)

No sé por qué ha sorprendido tanto la abdicación de Benedicto XVI; aunque excepcional, no era imprevisible. Bastaba verlo, frágil y como extraviado en medio de esas multitudes en las que su función lo obligaba a sumergirse, haciendo esfuerzos sobrehumanos para parecer el protagonista de esos espectáculos obviamente írritos a su temperamento y vocación. A diferencia de su predecesor, Juan Pablo II, que se movía como pez en el agua entre esas masas de creyentes y curiosos que congrega el Papa en todas sus apariciones, Benedicto XVI parecía totalmente ajeno a esos fastos gregarios que constituyen tareas imprescindibles del Pontífice en la actualidad. Así se comprende mejor su resistencia a aceptar la silla de San Pedro que le fue impuesta por el cónclave hace ocho años y a la que, como se sabe ahora, nunca aspiró. Sólo abandonan el poder absoluto, con la facilidad con que él acaba de hacerlo, aquellas rarezas que, en vez de codiciarlo, desprecian el poder.



No era un hombre carismático ni de tribuna, como Karol Wojtyla, el Papa polaco. Era un hombre de biblioteca y de cátedra, de reflexión y de estudio, seguramente uno de los Pontífices más inteligentes y cultos que ha tenido en toda su historia la Iglesia católica. En una época en que las ideas y las razones importan mucho menos que las imágenes y los gestos, Joseph Ratzinger era ya un anacronismo, pues pertenecía a lo más conspicuo de una especie en extinción: el intelectual. Reflexionaba con hondura y originalidad, apoyado en una enorme información teológica, filosófica, histórica y literaria, adquirida en la decena de lenguas clásicas y modernas que dominaba, entre ellas el latín, el griego y el hebreo.

Le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia. Aunque concebidos siempre dentro de la ortodoxia cristiana pero con un criterio muy amplio, sus libros y encíclicas desbordaban a menudo lo estrictamente dogmático y contenían novedosas y audaces reflexiones sobre los problemas morales, culturales y existenciales de nuestro tiempo que lectores no creyentes podían leer con provecho y a menudo —a mí me ha ocurrido— turbación. Sus tres volúmenes dedicados a Jesús de Nazaret, su pequeña autobiografía y sus tres encíclicas —sobre todo la segunda, Spe Salvi, de 2007, dedicada a analizar la naturaleza bifronte de la ciencia que puede enriquecer de manera extraordinaria la vida humana pero también destruirla y degradarla—, tienen un vigor dialéctico y una elegancia expositiva que destacan nítidamente entre los textos convencionales y redundantes, escritos para convencidos, que suele producir el Vaticano desde hace mucho tiempo.

A Benedicto XVI le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia. La secularización de la sociedad avanza a gran velocidad, sobre todo en Occidente, ciudadela de la Iglesia hasta hace relativamente pocos decenios. Este proceso se ha agravado con los grandes escándalos de pedofilia en que están comprometidos centenares de sacerdotes católicos y a los que parte de la jerarquía protegió o trató de ocultar y que siguen revelándose por doquier, así como con las acusaciones de blanqueo de capitales y de corrupción que afectan al banco del Vaticano.

El robo de documentos perpetrado por Paolo Gabriele, el propio mayordomo y hombre de confianza del Papa, sacó a la luz las luchas despiadadas, las intrigas y turbios enredos de facciones y dignatarios en el seno de la curia de Roma enemistados por razón del poder. Nadie puede negar que Benedicto XVI trató de responder a estos descomunales desafíos con valentía y decisión, aunque sin éxito. En todos sus intentos fracasó, porque la cultura y la inteligencia no son suficientes para orientarse en el dédalo de la política terrenal, y enfrentar el maquiavelismo de los intereses creados y los poderes fácticos en el seno de la Iglesia, otra de las enseñanzas que han sacado a la luz esos ocho años de pontificado de Benedicto XVI, al que, con justicia, L’Osservatore Romano describió como “un pastor rodeado por lobos”.
Los esfuerzos por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y otros delitos del banco del Vaticano tampoco han tenido éxito. Pero hay que reconocer que gracias a él por fin recibió un castigo oficial en el seno de la Iglesia el reverendo Marcial Maciel Degollado, el mejicano de prontuario satánico, y fue declarada en reorganización la congregación fundada por él, la Legión de Cristo, que hasta entonces había merecido apoyos vergonzosos en la más alta jerarquía vaticana. Benedicto XVI fue el primer Papa en pedir perdón por los abusos sexuales en colegios y seminarios católicos, en reunirse con asociaciones de víctimas y en convocar la primera conferencia eclesiástica dedicada a recibir el testimonio de los propios vejados y de establecer normas y reglamentos que evitaran la repetición en el futuro de semejantes iniquidades. Pero también es cierto que nada de esto ha sido suficiente para borrar el desprestigio que ello ha traído a la institución, pues constantemente siguen apareciendo inquietantes señales de que, pese a aquellas directivas dadas por él, en muchas partes todavía los esfuerzos de las autoridades de la Iglesia se orientan más a proteger o disimular las fechorías de pedofilia que se cometen que a denunciarlas y castigarlas.

Tampoco parecen haber tenido mucho éxito los esfuerzos de Benedicto XVI por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y tráficos delictuosos del banco del Vaticano. La expulsión del presidente de la institución, Ettore Gotti Tedeschi, cercano al Opus Dei y protegido del cardenal Tarcisio Bertone, por “irregularidades de su gestión”, promovida por el Papa, así como su reemplazo por el barón Ernst von Freyberg, ocurren demasiado tarde para atajar los procesos judiciales y las investigaciones policiales en marcha relacionadas, al parecer, con operaciones mercantiles ilícitas y tráficos que ascenderían a astronómicas cantidades de dinero, asunto que sólo puede seguir erosionando la imagen pública de la Iglesia y confirmando que en su seno lo terrenal prevalece a veces sobre lo espiritual y en el sentido más innoble de la palabra.
Joseph Ratzinger había pertenecido al sector más bien progresista de la Iglesia durante el Concilio Vaticano II, en el que fue asesor del cardenal Frings y donde defendió la necesidad de un “debate abierto” sobre todos los temas, pero luego se fue alineando cada vez más con el ala conservadora, y como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) fue un adversario resuelto de la Teología de la Liberación y de toda forma de concesión en temas como la ordenación de mujeres, el aborto, el matrimonio homosexual e, incluso, el uso de preservativos que, en algún momento de su pasado, había llegado a considerar admisible.
Sus ideas, alineadas con el ala más conservadora, hacían de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha convertido la Iglesia
Esto, desde luego, hacía de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia. Pero sus razones no eran tontas ni superficiales y quienes las rechazamos, tenemos que tratar de entenderlas por extemporáneas que nos parezcan. Estaba convencido que si la Iglesia católica comenzaba abriéndose a las reformas de la modernidad su desintegración sería irreversible y, en vez de abrazar su época, entraría en un proceso de anarquía y dislocación internas capaz de transformarla en un archipiélago de sectas enfrentadas unas con otras, algo semejante a esas iglesias evangélicas, algunas circenses, con las que el catolicismo compite cada vez más –y no con mucho éxito— en los sectores más deprimidos y marginales del Tercer Mundo. La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas, era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si ello significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.

Juzgar hasta qué punto Benedicto XVI fue acertado o no en este tema es algo que, claro está, corresponde sólo a los católicos. Pero los no creyentes haríamos mal en festejar como una victoria del progreso y la libertad el fracaso de Joseph Ratzinger en el trono de San Pedro. Él no sólo representaba la tradición conservadora de la Iglesia, sino, también, su mejor herencia: la de la alta y revolucionaria cultura clásica y renacentista que, no lo olvidemos, la Iglesia preservó y difundió a través de sus conventos, bibliotecas y seminarios, aquella cultura que impregnó al mundo entero con ideas, formas y costumbres que acabaron con la esclavitud y, tomando distancia con Roma, hicieron posibles las nociones de igualdad, solidaridad, derechos humanos, libertad, democracia, e impulsaron decisivamente el desarrollo del pensamiento, del arte, de las letras, y contribuyeron a acabar con la barbarie e impulsar la civilización.
La decadencia y mediocrización intelectual de la Iglesia que ha puesto en evidencia la soledad de Benedicto XVI y la sensación de impotencia que parece haberlo rodeado en estos últimos años es sin duda factor primordial de su renuncia, y un inquietante atisbo de lo reñida que está nuestra época con todo lo que representa vida espiritual, preocupación por los valores éticos y vocación por la cultura y las ideas.








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Tuesday, February 26, 2013

Comentario de actualidad

"Todos los trabajadores, ante la angustiosa situación presente, han de preguntarse a qué se debe el que, a pesar de los constantes cambios de Gobierno, a pesar de haber gobernado las izquierdas, a pesar de los Gobiernos de centro y de derecha, el paro aumente sin cesar, la carestía de vida se haga cada vez más agobiadora y la pugna entre las clases sea cada día más áspera. Fácil es comprobar la existencia de estos problemas y aun su agravación. Con Gobiernos en que figuraban ministros socialistas, todas las calamidades que abruman a la masa obrera no sólo no tuvieron solución, sino que se agudizaron. Con Gobiernos de derecha, toda la política se orienta en contra de los productores; empeoran las condiciones de trabajo, se reducen los jornales, aumentan las jornadas, se los persigue, etc. ¿Qué significa esta coincidencia en el fondo de los partidos políticos, sean de derechas o sean de izquierdas? Significa que el régimen de partidos es incapaz de organizar un sistema económico que ponga a cubierto a la masa popular de estas angustias; que tanto unos partidos como otros están al servicio del sistema capitalista.


Mientras la terrible crisis económica actual ha arruinado o está en camino de arruinar a los modestos productores, y la masa obrera sufre como nunca la pesadilla del paro, la cifra de los beneficios obtenidos por los beneficiarios del orden actual de cosas, los dueños de la Banca, es elevadísimo.

Así la tarea urgente que tienen los productores es ésta: destruir el sistema liberal, acabando con las pandillas políticas y los tiburones de la Banca."

(Periódico "Arriba", nº 20. 21 de noviembre de 1935)





Sunday, February 24, 2013

Celuloide rancio


Como quiera que mi artículo dominical de La Gaceta no sale hasta mañana lunes, exhumo esta gacetilla cinematográfica que de paso es aplicable al bochornoso espectáculo de los premios "Goya"

Tuesday, February 19, 2013

Trampantojos

(La Gaceta, domingo 17 de febrero de 2013)

Saturday, February 16, 2013

Las verdades del porquero

15 Julio 2012 - - Alfonso Ussía.
Nadie se confunda. No defiendo un régimen autoritario. Sí a muchas personas decentes que lo tuvieron todo al alcance de sus manos y no permitieron que ni una sola peseta se desviara a sus bolsillos. He leído un formidable artículo del no menos formidable Manuel Martín Ferrand, en ABC. Se lo dedica a Claudio Carudel, y nos narra una inolvidable y divertida anécdota de un domingo en el hipódromo. La Yeguada Militar competía con varios de sus caballos, y en el hipódromo se presentó, conduciendo su «Seiscientos», el que era Vicepresidente del Gobierno, el Capitán General  Don Agustín Muñoz-Grandes. España salía de su durísima posguerra y la economía temblaba. A Muñoz-Grandes no le gustó la cantidad de coches oficiales con matrículas del PMM presentes en el aparcamiento de socios. Habían acudido al hipódromo llevando a ministros, subsecretarios y altos mandos militares. Llamó a uno de los conductores, el de más rango, un brigada de Infantería, y le ordenó que volvieran a Madrid a sus respectivos garajes. Al término de la reunión hípica, los ministros, subsecretarios y altos jefes militares que habían acudido en sus coches oficiales con sus esposas se las vieron y desearon para conseguir un taxi que los llevara a sus casas. El Capitán General volvió en su flamante «Seiscientos».



El palacete de Castellana 3 albergaba la Presidencia del Gobierno. Era el Día de la cuestación en beneficio de la ayuda contra el cáncer. Presidía la mesa petitoria instalada ahí la esposa del entonces Presidente del Gobierno, el Almirante Don Luis Carrero Blanco. La mujer del Almirante Carrero, Carmen Pichot, para agradecer a sus compañeras de mesa la colaboración prestada, encargó en el inmediato restaurante «Jockey», templo sagrado de la gastronomía madrileña, unas bandejas de canapés y unas bebidas. Llegó el Almirante y reconoció, por el inconfundible cuello verde de los camareros de «Jockey», a quien servía los canapés y las bebidas. Y amablemente le preguntó por el motivo de su presencia. «La señora de Carrero Blanco nos ha encargado este servicio». «Pues servicio cancelado», dijo Carrero. Y dirigiéndose al camarero, que era el célebre Torres, por quien supe del sucedido: «Muchas gracias. No tenemos dinero para pagar un restaurante tan caro. Dígale al señor Cortés de mi parte que considero sus canapés como su aportación a la lucha contra el cáncer». Cortés, enterado del asunto, se presentó en la mesa y depositó un generosísimo donativo.

Casualmente y por haberlos conocido desde muchos años atrás en Comillas, soy amigo de Don Agustín Muñoz-Grandes Galilea, Teniente General e hijo del Capitán General Muñoz-Grandes, y de Don Luis Carrero Blanco Pichot, Almirante de la Armada. Dos personas excepcionales, militares ejemplares y abiertos al respeto por todas las ideas. Sus padres fueron dos personajes con un poder ilimitado en todos los sentidos. Sus hijos no heredaron de ellos otra cosa que el ejemplo de la honestidad. Tanto uno como otro viven modestamente de sus pensiones de retiro después de cuarenta años de servicio a España en las Fuerzas Armadas. Se podrá discutir el beneficio o el perjuicio que las ideas políticas –para mí, supeditadas a la interpretación militar de su situación– procuraban en aquellos momentos. Pero nadie, ni sus más enconados enemigos, ni sus más resentidos adversarios, pueden poner en duda la decencia y honestidad de aquellos poderosísimos señores que durante decenios, y hasta su muerte, cerraron sus bolsillos al vuelo de una peseta ajena. Tomen nota los de ahora.

Wednesday, February 13, 2013

Primeros pasos y primeros pases

    La filosofía, el tabaco y el toreo                              
La poca filosofía que yo he llegado a saber es de oídas.  No son muchos los filósofos que tienen la cortesía de la claridad que proponía Ortega y que, por llevarla a la práctica, le costó el menosprecio más o menos disimulado de todos aquellos metafísicos cuya importancia guarda relación directa con la oscuridad de sus escritos.  A mí la filosofía pura me causa como el Piyayo, un respeto imponente, y me convence sobre todo de lo limitada que es la inteligencia humana, empezando por la mía.  En general, los filósofos puros sobre los que pueda haber escrito son filósofos con los que he tenido ocasión de conversar o que al menos he escuchado de viva voz.  Alguno de ellos incluso se ha aventurado fuera de su recinto especulativo para meterse en un terreno que me es más familiar, que es el de la poesía. Uno de ellos fue don  Jesús Arellano Catalán, al que llegué incluso a prologar su obra poética, para mí insospechada, lo cual me permitió entrever algo del trasfondo de su pensamiento.   Mi primer contacto con  él fue en el examen de Estado o Reválida, cuando al comparecer ante él me dijo que le hablara del Existencialismo.  Yo me puse a hablar de los conceptos de esencia y existencia, y él me cortó sonriente para explicarme esa filosofía que entonces, primavera del 48, hacía furor en ultrapuertos.  Si me aprobó fue, no por lo que yo supiera o ignorara, sino por darle a él la oportunidad de incitarme a aprender. Luego, ya en la Universidad, fue uno de los catedráticos que más interés se tomó por mis tentativas poéticas, aun no siendo yo nunca alumno suyo.  Precisamente en un homenaje póstumo tributado a Arellano en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla se hizo notar que su labor docente no se redujo exclusivamente a un intercambio socrático con sus alumnos, sino que estaba recogida en una voluminosa bibliografía, y al mencionar otros filósofos relacionados con él, salió el nombre de Leonardo Polo.  A los pocos días, el nombre de Leonardo Polo aparecía en la prensa junto al de Eugenio Trías, fallecidos ambos con un día de diferencia.  A Trías le oí una conferencia en un acto multitudinario de los comienzos de la democracia; ya daba sus primeros pasos el antitabaquismo, pero él advirtió que fumaría durante su intervención porque para él fumar era vivir.  Todos sabemos por Heidegger que vivimos para la muerte, pero algunos, como fue el caso de Eugenio Trías, se tomó demasiado al pie de la letra la lección del maestro de Friburgo en  Brisgovia.  A lo dicho en aquella ocasión por él y por otro joven filósofo, Diego Romero de Solís, debo un ensayito titulado La subversión de la belleza incluído en El suicidio de la Modernidad.  Diego Romero de Solís, a quien llamé entonces “filósofo en agraz”,  fue por cierto uno de los que con más nitidez supo ver a través del humo que velaba el pensamiento de María Zambrano,  otra gran fumadora.  Lo que de la Zambrano haya aprendido y lo que haya entendido de Zubiri se debe a la suerte de haber conversado con la una y de haber escuchado al otro en público. Por otra parte, los escritos de Trías me fueron muy útiles cuando me ocupaba del concepto de ciudad en Maragall y en d’Ors. A Leonardo Polo lo conocí en La Rábida cuando yo tenía diecinueve años y él cinco más que yo, aunque parecía mayor con sus grandes gafas y su pelo lacio.  Coincidimos pocos días y simpatizamos bastante. A mí me hacía gracia su manera de expresarse, su sentido del humor, como cuando un día dijo medio en serio medio en broma que tenía “un cabreo cósmico”.

Un fin de semana fuimos todos los profesores y alumnos de la Universidad de Verano de excursión a Zalamea la Real, invitados por el ganadero don José María Lancha a un tentadero en La Esparraguera.  En la placita de toros nos soltaron una becerra y a algunos nos faltó tiempo para saltar al ruedo.  Leonardo Polo se quedó entre barreras, pero me prestó una gorra de visera blanca que llevaba y yo, aprovechando que el animal pasaba cerca de mí, compuse la figura y le di un ayudado por alto. Aún estoy oyendo el “¡Ole!” de Leonardo Polo.       

Monday, February 11, 2013

Facilidades y flaquezas

(La Gaceta, lunes 11 de febrero de 2013)

Aviso:  Por razones de fuerza mayor o de vehemente actualidad, estos artículos, que en principio habrían de aparecer en domingo, lo hacen en cambio el sábado o el lunes inmediato. Como el cambio suele ser a última hora, aconsejo  al lector que prefiera el papel impreso, que permanezca al acecho esos tres días por si salta la liebre.

Thursday, February 07, 2013

Las verdades del porquero

MEA CULPA
El triunfo de los mediocres

             


Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es, de todo punto, necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.



Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.





Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.





Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.



Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.





Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.





Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.



- Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente

basura.





- Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.





- Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.





- Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.





- Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.



- Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.





- Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada -cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.





- Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.





- Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.





- Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.





- Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.



ANTONIO FRAGUAS DE PABLOS (FORGES)

Sunday, February 03, 2013

Gran Simio

(La Gaceta, sábado 2 de febrero de 2013)