Monday, June 30, 2008

La final de la Eurocopa

Muy bien por la selección española, merecedora con creces del triunfo. Muy bien por la selección y la afición alemanas, capaces de cantar su himno nacional, mientras que nuestras masas rojas se limitaban a berrear el La-la-la de Massiel a los acordes de la Marcha Real.

Clásicos olvidados

"No es raro, pues, que seamos muy pronto gobernados por mujeres, que éstas se incorporen por encima de los hombres para flagelar el cuerpo social invirtiendo cínicamente el concepto de las virtudes y de los derechos."
(Onésimo Redondo)

Sunday, June 29, 2008

Guitarra de mesón

Véase El Manifiesto

Crónicas extravagantes

Tengo entendido que en estos días ha salido una reedición de mi libro Crónicas extravagantes publicado por Ediciones Encuentro. Como anticipo, reproduzco aquí lo que en él se dice sobre los motivos de dicha reedición.


Justificación de esta edición
Si cabe enjuiciar a un régimen por los libros que prohíbe, estas Crónicas extravagantes constituyen una ejemplar pieza de convicción. Publicado por vez primera en la primavera de 1996, cayó como una piedra en el charco de ranas de los que Marías llamaba “medios de confusión”, en los que el autor fue puesto como chupa de dómine. Durante quince días fui famoso, pero la mía fue la fama del delincuente impopular o del “chivo expiatorio”, que diría Girard, en el que los portavoces de la “ciudadanía” descargaban sus conciencias a la vez que daban retroactividad a sus convicciones democráticas. No faltaron amigos que me defendieran y apoyaran y entre todos es de justicia destacar el nombre del poeta sevillano Fernando Ortiz. El Servicio de Publicaciones de la Universidad Hispalense, cuyo rector echó su poco de leña al fuego autocomparándose con Nabucodonosor, se apresuró a recoger los ejemplares ya distribuidos, circunstancia que elevó la obra a la categoría de libros raros y curiosos a la vez que la precipitaba en el infierno de los clandestinos. Tales circunstancias harían que fuera este libro uno de los míos más buscados, de ahí el interés en volverlo a poner al alcance del lector.
Todo empezó con una crónica del corresponsal de la agencia EFE en Sevilla don Alfredo Valenzuela, crónica que daba una idea tan completa de lo que era el libro que Gonzalo Fernández de la Mora la reprodujo tal cual en Razón Española, ya que para él y para su revista eran verdades como templos las mismas opiniones que eran piedra de escándalo para la turbamulta conformista.
Dicho esto, tengo que aclarar que el estado de cosas en Occidente ha evolucionado de tal manera que no es probable que nadie se escandalice ya. En España al menos se pueden imprimir cosas que hace una docena de años eran tabú, y ello tal vez se deba al hecho de que la sociedad civil y la clase política hablen lenguajes diferentes. Otra razón puede ser que ya se ha digerido más o menos la caída del marxismo, que aún coleaba cuando estas crónicas se escribieron. Ni siquiera la serie de crónicas posteriores, referentes a Cuba, es probable que levante ya muchas ampollas entre los nostálgicos de una revolución en la que me acuso de haber creído en sus comienzos. No son estas crónicas antillanas la única novedad de esta segunda edición, en la que además incluyo cuatro más sobre Rusia, dos más bien literarias y otras dos más bien históricas.
Evidentemente yo suelo valerme de la ironía y la paradoja para desbaratar los lugares comunes, que hoy por hoy no son otros que los de la llamada “corrección política”, pero poco valdrían mis crónicas si en ellas no hubiera además un rescate del paisaje y de la historia de cada territorio recorrido, de suerte que el cuadro tenga vida y verdad. Pocos paisajes tengo yo que no tengan figuras. Todos tenemos nuestros modelos a los que pretendemos imitar, y en España y fuera de España hay algunos, cuyos nombres menciono cuando viene al caso, a quienes sigo leyendo con la misma fruición con la que lo hacía cuando yo era un adolescente y ellos estaban aún entre nosotros. Entre su época y la nuestra la Historia ha dado pasos gigantescos, no todos acertados, pero por muy distinta que sea la realidad, que es por definición cambiante, la que sigue siendo igual es la verdad, que es permanente, ya que en posesión de ella no está ningún cronista convencido de vivir el fin de la historia. Tampoco lo está quien esto escribe, y por eso toda su obra no es más que una tentativa de llegar a ella, a la verdad, sin dejarse engañar por la realidad.

San Lorenzo de El Escorial, abril de 2008

Tuesday, June 24, 2008

El último refugio del patriotismo

Escribe Enrique García-Máiquez en Diario de Sevilla
ANTES ROJA QUE ROTA

A nuestra selección la llaman “La Roja”. La expresión tiene quizá tintes políticos, como se maliciaba el lunes el profesor Sánchez Saus. También hay quien ha percibido resonancias nostálgico-soviéticas en esa delectación con la que los locutores de Cuatro hablan de la “plaza roja” para referirse a la de Colón de Madrid de toda la vida, lugar de encuentro de los aficionados. Ahora nos enfrentamos a Rusia, donde están más interesados, con sentido común, en reconvertir su Plaza Roja (la de pata negra) en una plaza blanca.
No me quejo de ese guiño retórico al rojerío si consigue que todos los españoles nos sintamos unidos. Como José Calvo Sotelo (“Antes una España roja que una España rota”), yo prefiero una afición y un color, aunque sea el rojo, antes que el desafecto de las dos Españas o, para ser exactos, del de la Antiespaña. Si luego lo de “La Roja” nos parece sesgado, llamemos a la selección también “La Gualda”: a fin de cuentas, la segunda equipación es amarilla. De hecho, para la semifinal me pondré una camiseta amarilla. Si lo hiciéramos muchos, en la celebración de los goles, cuando nos abrazásemos, haríamos una ola rojigualda preciosa y necesaria. No caerá esa breva porque, mientras que media España está encantada con eso de “La Roja”, el PP está centrado en ser lo más incoloro, inodoro e insípido posible.
Habrá quien piense que los españoles deberíamos dedicar nuestro fervor a la poesía de San Juan de la Cruz y a la Escuela de Salamanca. Ojalá. Pero los pueblos somos así, y tampoco vamos a hacerle ascos a esta pasión compartida, que es la que tenemos. Además, el fútbol es el catalizador de un sentimiento hondo, fundado en la historia y en la cultura, muy reprimido de unos decenios a esta parte, y que sale a la luz por donde le dejan.
La pena del fútbol es que, antes o después, toca perder. Mañana será o Rusia o nosotros. El deporte no logra la unanimidad de los ritos, por desgracia. En una corrida de toros, cuando cuaja, es la plaza entera la que se convierte en un solo olé redondo. Al oé del fútbol le falta siempre algo, como experimentan en carne propia los perdedores. “El toro nunca triunfa”, terciará alguno. El toro, aunque sacrificado, triunfa a su modo, y por eso mismo es el tótem de nuestra nación, nada menos. Lo estamos viendo en las gradas de Austria.
Con sus limitaciones, aunque no vaya a ser el bálsamo de Fierabrás de los males de aquí y aunque la llamen “La Roja”, estamos con la selección. A mí más aún que las carreras de los jugadores, me emociona la tensa expectación de todos los españoles, la ilusión y el riesgo compartido. ¡La Roja, ay, oé!

http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/164639/antes/roja/rota.html
Sigue al minuto las principales noticias de tu ciudad MSN Deportes

Cuatro estaciones

En abono de mi idea de que es la poesía lírica el género literario que mejor salud acredita en la España actual viene ahora el libro Cuatro estaciones, de José Julio Cavanillas, aparecido en Adonais, de cuya supervivencia se ocupa el también poeta Carmelo Guillén Acosta. Las Cuatro Estaciones de Cavanillas son la obra de madurez de un poeta joven y hace pensar inevitablemente en los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, aunque sólo sea por el título. Ahí acaban las analogías, pues lo que en uno es una reflexión sobre una civilización en crisis, la de los alocados años 20 del siglo XX, en otro es un canto y una elegía de la condición humana a través de un microcosmos familiar, una meditación sobre el tiempo y el espacio en cada una de las estaciones del año. Véase una breve muestra:

Verano

Las olas salen de la noche, vienen
en un galope, con sus crines
de espuma más dichosa heraldos
de más luz plata y constante.
La orilla aguarda sólo una respuesta.
Se ofrece gris al iris de levante
como una viva perla
brotando de las aguas.
Aún no hay nombres que traigan
por esta espoleada claridad
las cosas a sus vidas y aquel blanco latir
del último lucero que sólo a Dios atiende.
Sólo un faro, de ronda por el mundo
alto en su rada última, sabe qué va a venir.

Saturday, June 21, 2008

El niño del violín


(Óleo de Alicia Iturrioz. Madrid, 2008)
Lo moderno es lo que está bien hecho (Manuel Díez Crespo)

Friday, June 20, 2008

Del mayo francés a la materia y el espíritu

Vean y oigan a Eugenio Trías en Popular TV a través de El manifiesto

Thursday, June 19, 2008

¡Bien por Federicomplejines!

Escribe Enrique García-Máiquez
LOSANTOS Y YO

Quisiera yo saber si a otros columnistas les van diciendo por la calle: “Te leo, te leo, pero no pienso como tú” o es una prerrogativa de los escritores políticamente incorrectos. No tendría que irme muy lejos a preguntar, porque el Grupo Joly tiene a gala contar entre sus articulistas con plumas de todo el abanico ideológico, lo cual honra a su vieja tradición liberal. A fin de cuentas, eso es la opinión, la de cada uno, que se contrasta después con la de cada cual. Lo otro es sumisión y aburrimiento.
A mí esos comentarios me animan. Lo fundamental para un escritor es que le lean; si se convence a alguno, mejor; y si no, pues aquí paz y después gloria. Tampoco me amedrenta cuando me enseñan el espantajo. El espantajo ahora es Jiménez Losantos y te lo cuelgan así: “Tú es que piensas como Losantos”. Uno, que es bastante chulo por parte de madre, respondería: “Será Losantos el que piensa como yo”. Pero como soy profesor, me inclino a la pedagogía: “Losantos es un hombre orgulloso de su pasado de extrema izquierda y de su presente liberal; a mí me han tirado siempre más Donoso Cortés y Gómez Dávila…”
En cualquier caso, lo que no voy a hacer nunca es dejar de decir lo mío por el “principio de desautoridad”. De hecho, comparto ciertas opiniones con Satanás. El Diablo sabe que la corte celestial existe y que el infierno también, y yo pienso lo mismo, gracias a Dios. Después de coincidir con los demonios, que doblan sus rodillas al nombre de Cristo, hacerlo con Losantos no me resulta especialmente indecoroso. Con él tengo algunas diferencias de forma y de fondo, claro, pero hoy no vienen a cuento. Lo han condenado por criticar a Ruiz-Gallardón y toca solidarizarse.
Primero por agradecimiento. Gracias a Losantos somos más libres. Así como suena. En estos tiempos de Eurocopa, permítanme una metáfora futbolística. Él corre por la banda, a veces trastabillándose, a veces como una flecha, y nos abre el campo a los demás jugadores. Sin sus carreras, muchos tendríamos menos espacio para expresar nuestras ideas en libertad.
Luego, por amor al periodismo. A quien no le guste Federico, que lo critique o que apague la radio, pero que no se emperre en taparle la boca a toda costa. Y los políticos menos que nadie. Honra al PSOE que haya sido un líder del PP el que haya caído en esto.
Me solidarizo con él, además, por una cuestión de principios. Losantos se está convirtiendo en el chivo expiatorio del sistema, en el muñeco del pim-pam-pum, al que siempre queda muy bien insultar. Siempre que puedo, yo me coloco al lado del chivo.
Por principios y, en este caso, porque estoy de acuerdo con su crítica a Gallardón.
http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/158784/losantos/y/yo.html

Véase además lo que escribe al respecto J.J.Esparza en El Manifiesto

Una extranjera en Sevilla

Véase Análisis Digital

Saturday, June 14, 2008

Memoria histórica


La Virgen de la Amargura , de San Juan de la Palma, en la clandestinidad. Julio de 1936.

Roman limericks

I have by serendipity digged out some of the limericks written by Priscilla Burke, one of the characters in "La Loca de Chillán".

*
There once was a girl called Priscilla
Who sat under a weeping willa'
She wept and she cried
And she sobbed and she sighed
Saying I've no one to share my pilla'

*

There once was a chap called Duque
Who was truly a very smart cookie.
With a pen dipped in acid
The world´s every facet
He explored, in a manner quite spooky.


(Rome, early 70's)


Wednesday, June 11, 2008

La obscena escena

Véase Libertad Digital

Juan Luis Calleja, en las manos de Dios


(Juan Luis Calleja en Zufre, septiembre de 1993)

Juan Luis Calleja, en las manos de Dios
En los inciertos años finales del séptimo decenio del siglo XX, cuando a los españoles los cegaban los polvos que habían de traer los presentes lodos, una de las pocas luces claras que a mí por lo menos me sirvieron para orientarme, eran las terceras en ABC de Juan Luis Calleja. Aquellas luces no tardarían en apagarse, según el prestigioso diario se sumía en la polvareda ambiente, pero en mí siguieron vivas, tanto es así que al salir por fin mi libro El mito de Doñana en 1979, me dirigí a Calleja, a quien no conocía, con la esperanza de que se hiciera eco de mis afanes. Esa carta, que remití al periódico, donde él tuvo vara alta, nunca llegó al destinatario, caído en desgracia pese a haber figurado durante años en su consejo editorial y estar galardonado con el Mariano de Cavia. Yo estaba ya en deuda con él porque gracias a sus ideas pude alumbrar algunas de la mías; para no ir más lejos, él me hizo ver las peligrosas contradicciones en el proyecto de una Constitución de la que sólo males para la patria podían derivarse. Fue, pues, maestro mío antes de ser amigo, y su amistad, que es una de las cosas mejores que me han pasado en los últimos treinta años, tan ricos en satisfacciones y recompensas para mí, se la debo a otro gran desaparecido, a Angel Palomino, que me propuso asistir a una de las cenas de los Amigos de Julio Camba en Casa Ciriaco.
En una esquina de la calle Mayor hizo Angel las presentaciones. Juan Luis iba con Merche, que se iría de esta vida pocos meses antes que él. Yo acababa de refugiarme en El Alcázar, después de pasar por Informaciones y Ya, y Juan Luis me había leído en todos esos medios y además le habían hecho buenas ausencias mías Serrano Suñer, Gamero del Castillo, Fernández de la Mora y Manuel Halcón. Gracias a éste último quedé finalista en el "González Ruano" y con Juan Luis, Angel Palomino, Pérez Escolar y otros compartí mesa y mantel en la cena de gala correspondiente. Ya como particulares, no pasaba yo por Madrid sin que Angel y Juan Luis me convidaran a comer, casi siempre en el Rabo de Oro de la calle Ayala. Treinta años dan mucho de sí, y en ellos no faltan momentos de tristeza asociados a otros de alegría. Calleja era de los primeros en recibir libros míos que se apresuraba a reseñar, en Razón Española mayormente, y me acompañó en más de una ocasión a conferencias y presentaciones, como una en Valladolid en el Colegio de Santa Cruz, donde encima de llevarme en su auto desde Madrid, me hizo una bonita presentación, y otra, memorable en la Residencia de Estudiantes, que motivó un viaje suyo a Zufre, para conocer de visu el escenario de mi niñez. A Zufre se disponía a venir Juan Luis en diciembre de 2003 con motivo de unos azulejos que me pusieron cuando se lo impidió un infarto. Fue Angel Palomino quien me lo avisó, y, lo que son las cosas, no pasó un mes sin que fuera él quien me diera la noticia de la muerte repentina de Angel. Otra vez fuimos a Guadalajara acompañando a éste, que hablaba de Franco en una mesa redonda con Tusell, Fernando Suárez y el Sr. Prat. Son tántos los lugares – el Rastrillo, el Pardo, Winterthur, el Valle de los Caídos, la Gran Peña – que me evocan la presencia y la voz de Juan Luis que ya pierdo la cuenta. El último fue una librería de El Escorial hace justamente un año, acto del que por lo menos queda recuerdo gráfico. Hasta en La Habana lo tuve presente al pasar un día por delante del Hotel Capri en el Vedado, donde muchos años antes él y Merche paraban durante una reunión de empresarios de turismo al comienzo de la Revolución. Hemos sido además cuasi vecinos, pues sobre todo desde que Merche quedó inválida, vivía prácticamente en La Alquería, su bonita finca entre Los Negrales y Alpedrete, y o bien iba yo a verlo o venía él a San Lorenzo a casa de mi hija Marina. En una de estas visitas, mi nieto, que tendría cinco años, le trajo un estuche de Cuentos de Calleja para que se lo dedicara y él le puso: “Nunca los nietos están a la altura de sus abuelos. Tú, William, serás la excepción”.
Tengo en mi mesa un sobre dirigido a él hoy mismo que ya no irá al Correo. Ya está Juan Luis Calleja, como diría nuestro viejo amigo Panero, “en las manos de Dios”.

Tuesday, June 10, 2008

Monday, June 09, 2008

Mayo del 68

Hace unos días, en el homenaje académico a Juan Ramón Jiménez, los políticos presentes se picaron por mis mal intencionadas alusiones al mayo francés del 68. Desde Asturias abunda en el mismo tema que yo el gran José Ignacio Gracia Noriega en La Nueva España, de Oviedo.

Mayo de 1968
En la primavera francesa, salieron por primera vez los señoritos y los hijos de los señoritos a hacer la revolución





Hace pocas fechas Antonio Masip recordaba, con austera melancolía, el aniversario -cuarenta años ni más ni menos- de aquellas jornadas revolucionarias de Mayo de 1968, también conocidas por «el mayo francés», que conmovieron el mundo durante algo más de diez días. Por una vez, la revolución se desplazaba de su marco otoñal (la Revolución de Octubre de 1917, la de Octubre de 1934), a la primavera, que es la estación que le resulta más adecuada, al menos en el aspecto metafórico. Pues no entiendo por qué motivo se da en considerar a la revolución como un renacimiento, cuando es todo lo contrario: no se trata de resucitar, lo que sería reformismo, sino de destruir, como bien lo había visto Dostoiewski en la más escalofriante profecía de la época moderna, la novela «Demonios», también titulada en España «Los endemoniados» y «Los poseídos». En ella se afirma que la irremediable limitación del socialismo consiste en destruir el orden antiguo sin ser capaz de construir uno nuevo. Pero los nihilistas fueron barridos por los bolcheviques, que eran personas serias, avaras, interesadas y sin escrúpulos, dispuestas a prevalecer por encima de todo. No hay personas más implacables, más ajenas a la piedad, que aquellos revolucionarios repentinamente convertidos en gobernantes, según lamentaba Víctor Serge, un trotskista atrapado por la revolución, cuyo destino natural, naturalmente, fue Siberia y la «medianoche del siglo» (por lo demás, hermosa novela, con cierto aire de Dostoiewski: tanto al de «Las pobres gentes» como al de «La casa de los muertos»). Asentada la revolución con mano de hierro (¿para qué querían el guante de lana burda con que la habían disimulado durante los días indecisos?), el trotskismo, frente al leninismo, tenía un cierto aire romántico (aparte que perder resulta mucho más romántico que ganar), y Trotsky tenía muy buen gusto literario, si lo comparamos con el helado dogmatismo de Lenin y Lunacharski, y aunque le opone objeciones a Gogol por reaccionario, no por ello deja de reconocer que era un buen escritor. Lenin, de haber perdido el tiempo leyendo literatura, hubiera enviado sus libros a la hoguera. La Revolución Francesa la prepararon los ilustrados, los «filósofos», y su único público posible, los aristócratas «snobs», ya que el pueblo llano no leía, pagó en la guillotina su irresponsabilidad. Pero el «progre», da igual la época a la que pertenezca, siempre tuvo un poderoso ramalazo masoquista, muy señaladamente en España, donde los llamados poetas del 50, exquisitos y dandis de un cosmopolitismo provinciano, bien que catalán, vivieron amargados porque perdieron la guerra aquellos que, de haberla ganado, los hubieran mandado fusilar. Aunque también se dieron excepciones muy notables, y entre aquellos revolucionarios del 68, hubo individuos prácticos, que supieron encontrar su hueco en el fascinante aparato del poder. En Mayo de 1968, por primera vez, los señoritos y los hijos de los señoritos salieron a la calle a hacer la revolución. Por ello no es de extrañar que lo que sucedió durante aquellas algaradas no fueran otra cosa que enfrentamientos entre los comunistas «comm'il faut» y diversas «harkas» de trotskistas, maoístas, gentes de extrema izquierda dispuestas a quemar el mundo y en general ácratas inconfesos cuyo principio básico era «prohibido prohibir»: como para proponerlo en una dictadura socialista. No es de extrañar que cuando los señoritos fueron a soliviantar a los obreros de la Renault, éstos, siguiendo la norma del verdadero y auténtico PC (no de la parodia en que lo convirtió Carrillo) los expulsaron con cajas destempladas. Mayo de 1968 fue el arreglo de cuentas no de los estudiantes contra los gendarmes, sino de los nihilistas contra los cancerberos de la revolución que no encontraban motivo para seguir jugando al revolucionario ya que la Unión Soviética y «países satélites» eran el «paraíso del comisario político y del funcionario». Y ¿habrá algo menos revolucionario que un funcionario? De manera que en mayo de 1968 se desentierra y desempolva el nihilismo del siglo XIX, el nihilismo atroz y sin salida de «los poseídos» de Dostoiewski. Lo que certifica que la izquierda radical es la cosa más anticuada que existe sobre el planeta: los nihilistas de 1968 eran herederos directos de los nihilistas rusos del siglo XIX, del mismo modo que Zapatero aplica el programa del partido radical francés de comienzos del siglo XX, con algunos aditamentos de carácter sexual que en aquella época, mucho mejor educada que ésta, no se acostumbraba a hacer públicos. Ahora bien, los nihilistas del siglo XX fueron mucho más cucos que sus predecesores del siglo anterior, ya que no tardaron en establecer un pacto social que les permitió escalar las máximas magistraturas del Estado, y así se dio, por citar sólo un ejemplo evidentísimo, que un muchacho «tan rojísimo», tan pacifista y tan revolucionario como Solana llegara a secretario general de la OTAN, cuya finalidad expresa no era otra que frenar la revolución y mantenerla institucionalizada dentro de sus fronteras. Pero bien sabían quienes le permitieron ocupar este alto cargo que las revoluciones de las que procedía también pretendían frenar la revolución con el snobismo y la frivolidad, y podían ser más rojos que nadie, pero desde luego, no eran comunistas. Don Pío Baroja ya advirtió durante la república que si los socialistas formaban parte de aquellos gobiernos era para dinamitar el sistema desde dentro, una vez que se dieron cuenta de la debilidad del Estado. Lo que no tuvo en cuenta Baroja (y parece mentira) fue la debilidad humana. El espíritu está presto, pero la carne es débil: debilísima si la regalan con las delicias del poder, el coche oficial, los escoltas para presumir y páginas en los periódicos para soltar chorradas. Quedan ya lejos los tiempos en los que el mayor pijoprogre de la literatura universal moderna, Julio Cortázar, se quedaba maravillado viendo los «graffitis» de las fachadas de París como si fuera un aldeano que ve pasar por primera vez el tren. ¡Y cuántos españolitos fueron a reforzar las bizarras vanguardias de los que, tirando adoquines contra los guardias (que a fin de cuentas eran unos «chingados») e ilustrándose en la «jazz session» por la noche, pretendían imponer una vez más el reino del hombre sobre la tierra! Sólo que los que, si no reinaron, cuando menos gobernaron, fueron los señoritos y los hijos de otros señoritos, que hicieron verdaderas carreras políticas corriendo delante de los guardias en París o Grenoble, Madrid o Valencia. Incluso en Oviedo, aunque aquí no conozco a ninguno que haya hecho carrera política después de haber corrido delante de los «grises». En España los herederos del 68 o sus observadores desde lejos crearon una clase política profesional absolutamente cancerígena para el tejido del Estado, que se repartió el presupuesto como si fuera botín de guerra, y el inmenso tinglado del Estado de las autonomías que ha convertido a España, según la atinada descripción de Juan Duyos, en «un conjunto de reinos, con boato de reyezuelos, con pléyade de varones ilustres y cantidades ingentes de funcionarios». Temo que me pase como a aquel filósofo griego que, según Baroja, murió de risa al ver a un burro comiendo una cesta de higos. Algunos me recuerdan aquella ocasión en la que el Papa Clemente y sus obispos fueron de visita al palacio del cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla, y como éste, por tomarles el pelo, elogiara la vistosidad de sus hábitos, éstos le contestaron orgullosamente: «Es que nosotros también somos monseñores». ¿Dónde estuvo usted, amable lector, en Mayo de 1968? Es una pregunta magnífica, que puede dar lugar a desmesuradas fantasías, que certifiquen pasados heroicos. Yo me encontraba haciendo el servicio militar en el cuartel del Milán, actual Facultad de Filosofía y Letras, como soldado raso, por desafecto al régimen. Así que no estaba el horno para bollos. El 1 de mayo de 1968, metieron en el calabozo a Luisma y a Tejón, porque les encontraron propaganda en sus macutos, y a mí de paso, por haberme escapado a una fiesta en mi pueblo. Sólo estuve en el calabozo con ellos unas horas y luego me pasaron al calabozo de los «comunes» en el que estuve quince días, en tanto que Tejón, y sobre todo Luisma, pasaron más de un año encerrados. Durante esos quince días leí por primera vez «La divina comedia», y con esta lectura aprendí más italiano que en un curso en la Universidad, a cargo de Rodrigo Artime, que, con el tiempo, sería consejero de Cultura por el PSOE. ¡Ver para creer! En septiembre de aquel mayo tan florido (de pancartas), los tanques soviéticos abolieron la «primavera de Praga» puesta en marcha por el camarada Dubceck. Las cosas volvieron a su cauce, que no era otro que el del calendario. La primavera termina con el solsticio de verano, y después del verano vino el otoño, y los tanques entraron en Praga como si estuvieran anunciando la caída de la hoja. Entonces nos dimos cuenta de que aquello no tenía solución. Ni las flores de mayo ni la caída de la hoja. Por lo menos en España teníamos la certeza de que las cosas iban a cambiar cuando Franco muriera. ¿Pero quién pensaba a aquellas alturas en la caída del muro de Berlín, cuando todavía muchos intelectuales y señoritos «snobs» brindaban por el feliz acontecimiento de la entrada de los tanques soviéticos por las grandes avenidas de Nueva York?
José Ignacio Gracia Noriega

Los vascos y la Hispanidad

Véase El Manifiesto

Sunday, June 08, 2008

En un café de Sevilla

De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc. antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes de quienes nada grande puede esperarse.
- Según eso, amigo Mairena - habla Tortólez en un café de Sevilla -, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase.
- En efecto - respondía Mairena -, un español de segunda y un andaluz de tercera.

Antonio Machado

(EL REGIONALISMO DE JUAN DE MAIRENA)

Wednesday, June 04, 2008

Andaluces de tercera

El autor de esta reseña es don Fernando Fernández Gómez, ex director del Museo Arqueológico de Sevilla.



Historia General de Al-Andalus.
Emilio González Ferrín.
Editorial Almuzara. Córdoba, 2006.

Es lo normal que, cuando se hace la recensión de un libro, sea para recomendar su lectura, por el interés o la belleza de su contenido, los datos que aporta, la corrección de su lenguaje, su riqueza terminológica, la profundidad de su pensamiento, o por cualquier otro motivo.
No es el caso, sin embargo, lamentablemente, del libro que hoy hemos querido traer ante ustedes, libro que, debemos confesar, comenzamos a leer sin ningún tipo de prejuicio, guiados exclusivamente por el interés de ver cómo el autor, González Ferrín, había escrito esta primera Historia General de Al-Andalus que llegaba a nuestras manos, y hasta qué punto había sabido integrarla en una Historia General de España.
A González Ferrín, profesor de nuestra Universidad de Sevilla, lo conocíamos personalmente por haber asistido a alguna conferencia suya en el Ateneo de la ciudad, en la que nos había hablado del Corán, y habíamos leído antes una obra suya sobre este mismo tema, “La palabra descendida. Un acercamiento al Corán”, que había merecido el Premio Jovellanos de ensayo. Y tanto una cosa como la otra, la conferencia como el libro, nos hacían pensar que su Historia de Al-Andalus podía tener interés, dado su aparente buen conocimiento del Islam, aspecto en el que sentimos no poder juzgarlo con mayor profundidad.
Sí podemos hacerlo, sin embargo, en relación con la Historia de Al-Andalus que acaba de publicar, la cual nos sentimos obligados a decir que nos ha defraudado profunda, total, absolutamente. Se trata de una historia viciada, en la que se han fijado unos objetivos previos y cuyo contenido se ha ido amoldando luego, cuanto ha sido necesario, para alcanzar esos objetivos predeterminados, sin duda para satisfacer el gusto y las pretensiones de los grupos nacionalistas, tan en boga en nuestros días. Y para satisfacerlos se ve obligado el autor a negar hechos que han sido hasta ahora universalmente aceptados por todos hasta surgir la fiebre de los nacionalismos. Y nos referimos sobre todo a su empeñó por eliminar el concepto de Reconquista, como si al eliminar el concepto desaparecieran también de un plumazo todos los hechos con ella relacionados.
De sobra sabemos que hay grupos a quienes molesta oír la palabra Reconquista y su pretensión de eliminarla de nuestra Historia, la Historia de España. Y la mejor manera de hacerlo, la más radical y sencilla, es eliminar el hecho de la invasión que la precede y la justifica. En el año 711 de nuestra era no hubo, por tanto, invasión de los árabes y bereberes del Norte de África. Fue una llegada pacífica de gentes del otro lado del Estrecho que profesaban la recién nacida religión islámica y que vinieron a ayudar al agonizante Estado visigodo y a su agonizante pueblo, hispanorromano y visigodo, cristiano en su inmensa mayoría y oficialmente católico desde que en el III Concilio de Toledo, el año 589, sus reyes abandonaran el arrianismo.
Los reyes y nobles visigodos, luchando entre sí, viene a decir el autor, se destruyeron recíprocamente y crearon un vacío de poder que fue el que vinieron a llenar los musulmanes, guerreros que en pocos años habían conquistado todo el Norte de África, que en pocos años conquistarán también toda la Península, aunque el autor lo niegue, y que llevarán sus armas hasta cerca de París, donde serán derrotados por el franco Clodoveo, haciéndoles retroceder. Pero todo ello sucedió, a juicio de González Ferrín, pacíficamente. La ocupación de nuestro suelo y la islamización de su pueblo no fue fruto de una invasión, sino que el pueblo cristiano, al contacto con los musulmanes, fue evolucionando de manera natural, gradualmente, hasta islamizarse. Y fruto de esa evolución natural fueron todos los cambios que en pocos años se sucedieron.
No puede hablarse, por tanto, de Reconquista, puesto que no había habido conquista previa, nada había sido conquistado en la Península por los árabes. Imposible reconquista, por tanto, dice, de cuanto no había sido conquistado (p. 359). Hablar de reconquista es crear un mito (p. 108), una quimera (p. 333), un invento (p. 140), una novela (p. 247), una película (p. 182), una mentira (p. 79), una broma macabra (p. 163), ya que la reconquista es un simple símbolo (p. 172), historia trufada (p. 174), una pura recreación cinematográfica, mito en movimiento, narración disléxica (p. 178), algo que resulta no sólo “jocoso” sino “patético” (p. 86).
Todos los historiadores y cronistas que a lo largo de los siglos, desde prácticamente el mismo siglo VIII, nos han hablado, por consiguiente, de Reconquista, nos han mentido. Ha tenido que venir González Ferrín, a principios del siglo XXI, a poner las cosas en su sitio, a hacernos ver y comprender, a demostrar, que el paso de Hispania a Al-Andalus fue producto de una simple evolución natural (p. 99), una especie de “transustanciación” (pp. 84 y 211), precipitada como consecuencia del Concilio de Nicea, que dividió a los cristianos, y, a consecuencia de esa evolución natural, intrínseca (p. 226), Hispania pasó a llamarse Al-Andalus y, como por emanación (p. 250), dejó de hablarse latín para empezar a hablarse árabe, “milagro de la arabización andalusí” (p. 267), y las iglesias, aquí más que de “milagro”, parecería excesivo, se habla de “relevo obligado”, se convirtieron en mezquitas (p. 232).
Hubo, sin embargo, como siempre ha sucedido, algunos descontentos que no admitieron esa evolución, esa emanación, esa transustanciación, ese milagro, ese relevo, y se enfrentaron a los árabes. Son los que llamamos mozárabes, de los cuales unos, “pobres desubicados”, huyeron hacia el Norte de la Península para juntarse a los cristianos; y otros, los que se quedaron, pobres “suicidas”, sufrieron el martirio, decapitados o crucificados, “represión inevitable”, por intentar mantener la fe cristiana (pp. 281, 283).
Los reyes cristianos, en ese proceso de evolución natural, no fueron más que el “norte hostil” (p. 236), “cristianos expansivos y con ínfulas de haber sido siempre cuanto comenzaban a ser” (p. 384), como si no fuera Al-Andalus lo que entonces comenzaba a ser. Y como si lo de antes, lo de Roma y los visigodos, lo de Tartessos y la Bética, lo de Hispania, no tuviera, al parecer, nada que ver con Al-Andalus. La Historia de Andalucía comienza para González Ferrín con Al-Andalus, comienza cuando los árabes vienen a poner paz entre los pueblos indígenas de la Península, pueblos al parecer atrasados, aunque hablaban una lengua indudablemente culta, el latín, que tenían leyes escritas desde hacía más de 500 años, en las que todavía se basa el Derecho, aunque de nada valieran para los recién llegados, pueblos que tenían una religión todavía mal definida, el cristianismo, a la que le crecían, unos por exceso y otros por defecto, los enanos de la herejía, y cuyas masas, según él, se hallaban divididas entre trinitarios y antitrinitarios, lo que había sembrado entre ellas la discordia a partir del Concilio de Nicea, como si esos problemas teológicos fueran capaces de preocupar a las masas hasta el punto de hacerlas enfrentarse entre sí. De nada había valido, en una palabra, la conquista, pues conquista fue y a costa de mucha sangre, de la Península por Roma, ni el secular proceso romanizador, ni las leyes romanas, ni las visigodas, ni lo acordado en los diversos concilios de Toledo conjuntamente por las autoridades civiles y religiosas para la organización del Estado surgido de la desmembración del Imperio romano de Occidente. Aquí solo cuenta lo sucedido a partir de un momento indefinido, pues el año 711 es solo un mito, y mitos son Tarik y Muza, del siglo VIII en que, como por emanación, por transustanciación, comienza el pacífico proceso de arabización de la Península. Y contra ese proceso se levantan los cristianos del Norte.
Habrían sido, por tanto, éstos, los cristianos del Norte, los que habrían ido expulsando de la Península a los árabes, en un afán expansionista que habría de culminar en la “toma nacional-católica de Granada” en 1492 (p. 217), fecha nefasta, que muchos quisieran borrar del calendario, y algunos estarían dispuestos a pedir perdón y, quizá, incluso, hasta a restituir lo reconquistado, utilizando esos re-ismos que tan poco le gustan a Gonzàlez Ferrín.
Así se escribe la Historia para complacer a los nacionalismos. Así se inventa la Historia. De nada valen las fuentes antiguas. De nada valen los Concilios de Toledo, ni los escritos de San Isidoro, a quien se refiere despectivamente González Ferrín como a un renqueante obispo que alaba en exceso la obra del rey Recaredo, el rey que buscó y consiguió la unidad hispana tras las diversas vicisitudes que sufrió la Península a la caída del Imperio romano. Una figura molesta, por tanto, y no en vano, pues Isidoro será uno de los faros que ilumine y guíe a todos los reyes cristianos a lo largo de la Edad Media en la magna empresa de la Reconquista, hasta el punto de exigir Fernando I al rey moro de Sevilla la entrega de su cuerpo, aquí enterrado, para trasladarlo a León, donde todavía se venera, mientras en Sevilla, ciudad de la que fue Obispo y a la que tanto engrandeció, algunos desearían eliminar su efigie del escudo municipal, como si por eliminar su efigie se destruyera su obra.
De nada valen tampoco las crónicas medievales, de nada vale el llamado Anónimo de Córdoba, escrito en 754 por un clérigo toledano, o cordobés, que, posiblemente, había vivido la invasión, la rota del Guadalete, la muerte de D. Rodrigo; de nada vale la Crónica de Alfonso III, ni la de Albelda, ni la Historia de Alfonso X el Sabio. De nada valen tampoco las crónicas árabes que claramente hablan de la “conquista”, como el primero de los cinco libros del Ajbar Machmua, la más antigua fuente de origen árabe, que no solo hace una crónica de la conquista, sino que nos habla de la vinculación personal de Pelayo con los reyes godos de Toledo, algo que no está probado. Pero a González Ferrín le sobran todas las fuentes, como ya parece indicar al principio de su inefable obra cuando, irónicamente, expresa que si copiar a un libro se considera plagio, y está mal visto, copiar a cien es investigación. El, por eso, no se basa en nada. No quiere plagiar ni a uno ni a cien. Le sobra todo. Y lo inventa todo. No quiere copiar. Solo copia a Olagüe. Lo que éste dijo hace medio siglo, recientemente reeditado, ¿por qué será?, Ferrin lo repite, lo explica, lo justifica, lo completa. El ha venido en nuestros días a descubrir la verdad, a poner los puntos sobre las íes, el orden en la anarquía, lo que pudo ser frente a lo que fue, a destruir todos los mitos, a explicar lo inexplicable.
Y lo inexplicable es que en pleno s. VIII los reyes cristianos, sintiéndose continuadores y herederos de los reyes visigodos, se empeñaran en la vasta empresa de expulsar de la Península a los árabes invasores, empresa que había de durar siglos y en la que había de empeñarse todo el pueblo y la nobleza del país, nobleza de la que habían de surgir los titulares de los diversos reinos que en la lucha contra el invasor habían de ir surgiendo. Lucha que había de durar siglos, aunque menos de los que parece, pues ya desde poco después del año 1000, el mismo rey Fernando que pide el cuerpo de San Isidoro, había de comenzar una política de parias, de tributos exigidos a los moros por ocupar una tierra que no les pertenecía, y que los reyes moros pagan como reconocimiento de ese hecho, que González Ferrín curiosamente admite (pp. 403 y 496). Y un par de siglos más tarde, otro rey Fernando, el Santo, el conquistador de Sevilla, al morir, dirá a su hijo Alfonso que le entrega toda España, “la una conquistada, la otra tributada”. Cuando en 1492 se toma, por tanto, Granada, ya hacía casi 500 años que los reyes moros habían comenzado a pagar tributos a los cristianos por ocupar una tierra que tácitamente admitían que no les pertenecía.
Leyendo el libro de González Ferrín hemos recordado a Ortega y Gasset cuando decía que sufría auténticas congojas oyendo hablar de España a los españoles y asistiendo a su infatigable labor de tomar el rábano por las hojas. Apenas hay cosa que sea justamente valorada, decía. Y así, se lamentaba, España se va deshaciendo, deshaciendo. Hoy ya es, continuaba, más que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo.
Esta Historia General de Al-Andalus de González Ferrín, es un claro ejemplo de esas historias a las que se refería Ortega. Historias a la carta, de las que, en nuestros días, ha hablado García de Cortázar, y se pregunta ¿qué ocurre cuando las historias de las Comunidades Autónomas no respetan el pluralismo cultural y político de la historia de la Península? Ocurre, dice, “que el sistema educativo deja de hacer españoles para hacer catalanes, aragoneses, vascos, andaluces, gallegos, extremeños, etc”. Pero, sin duda, es esto lo que se pretende, y, bajo ese punto de vista, no cabe duda de que el libro de González Ferrín cumple a su manera sus objetivos.
Muy distinta esta Historia de Andalucía de esa otra Historia de Menéndez Pidal, de la que Gregorio Marañón dijera que nunca podríamos pagar a su autor la lección de habernos enseñado a amar a España, no sólo por ser nuestra patria, sino porque España es así como él nos la ha enseñado. Como él nos la enseñó y como en nuestros días nos la han enseñado Sánchez Albornoz y Américo Castro, a pesar de sus diferencias, Julián Marías y Domínguez Ortiz, Vicens Vives y García de Valdeavellano, Salvador de Moxó y Palacio Atard, queridos profesores, José Luis Martín, García Moreno, González Jiménez, Ladero Quesada y tantos otros.
Está claro que estas son las historias que recomendamos leer y no esta pseudohistoria de González Ferrín, de la que nos gustaría saber que envejece sin venderse ni difundirse en los almacenes de la Editorial Almuzara.
Y todo ello sin que pueda interpretarse que reneguemos ni renunciemos al ingrediente árabe de nuestra cultura, que lo tiene, y ahí está, aparente en algunas de nuestras costumbres, y expresado y fijado de manera más clara en muchos de nuestros monumentos y conjuntos arquitectónicos y en numerosas piezas de nuestro tesoro artístico. Ni que dejemos de estar de acuerdo con muchas de las ideas que el autor vierte en su libro acerca de la importancia cultural de Al-Andalus y de la influencia que ejerció en la Europa de su tiempo, principalmente a través de los judíos, que tradujeron al latín los preciados manuscritos árabes con obras de la antigüedad y los llevaron por todo el continente. Y todo ello nos enorgullece, porque nos enriquece.
Pero sin que ello quiera decir tampoco que renunciemos a nuestras propias raíces clásicas, anteriores a todo lo árabe, como las de todos los países de la Europa mediterránea y en los por ella más intensamente influenciados, de todos los cuales decía Ganivet que estaban fundamentados sobre tres pilares básicos: el arte griego, la ley romana y la religión cristiana. Laín Entralgo añadirá un cuarto pilar, el germanismo. Y será el mismo Laín Entralgo quien nos recuerde las palabras de Indalecio Prieto poco antes de julio de 1936: “A medida que la vida pasa por mi…, me siento cada vez más profundamente español. Siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta en el tuétano de mis huesos”.
Emociona, en estos tiempos de “memoria histórica”, oír hablar así de España a uno de los más importantes protagonistas de los tristes acontecimientos de 1936. Y no es el único que así se expresa. Gustavo Bueno nos recuerda en una obra reciente las palabras que otro de aquellos protagonistas, Manuel Azaña, pronunciara pocos días antes del 18 de julio de aquel aciago año en un célebre discurso: “Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito”.
Alfonso García Nuño ha recogido, por otra parte, las que fueron, al parecer, últimas palabras que el gran escritor Miguel de Unamuno dirigiera a su amigo Bartolomé Aragón, que le visitaba en su confinamiento domiciliario el último día de diciembre de aquel mismo año, que iba a ser el último de su vida. Cuando Aragón, comentando los dramáticos sucesos que estaban teniendo lugar, le decía a Unamuno que Dios parecía haberle vuelto la espalda a España, el genial pensador vasco le replicó con fuerza: "¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse". “La voz de Unamuno –escribirá Ortega y Gasset pocos días después- sonaba sin parar por los ámbitos de España. Al cesar para siempre, temo –decía el gran filósofo español- que padezca nuestro país una era de atroz silencio”. Es, quizá, la era que nos está tocando vivir.
Por eso, y para no caer en lo que el propio González Ferrín considera que es el auténtico pecado del historiador, la omisión, hemos querido escribir estas líneas. Yo no quiero guardar silencio. Y en la medida de mis exiguas fuerzas y posibilidades, quiero hacerme oír, al menos para no ser integrado nunca en el grupo de los que se callaron. El tiempo del silencio ha concluido, escribía hace pocos días en nuestra ciudad, en la dedicatoria de un libro que ha llegado a nuestras manos, el Profesor Mayor Zaragoza. Y estamos de acuerdo. Voz de vida, voz debida, es el título del libro.
Por eso, aunque lo normal sea callarse en presencia de un mal libro, e ignorarlo, sin hacerle ninguna recensión, como decíamos al principio, yo no he podido callarme. Porque la lectura del libro de González Ferrín me ha producido una profunda pena, pena por quien lo escribe, pena por quien lo publica y pena, sobre todo, por quienes puedan leerlo sin argumentos para poder rebatirlo. Es, sin duda, una historia oportunista que sería lamentable que algún día viéramos elevada a la simple categoría de libro de lectura recomendada en cualquier ámbito. Porque esta Historia General de Al-Andalus no es, afortunadamente, la Historia General de Andalucía. La Historia de Andalucía es mucho más rica, mucho más larga, mucho más ancha y mucho más profunda. Porque la Historia de Andalucía es sólo una parte de la Historia de España. Y me subleva pensar que algún día González Ferrín pueda, desde su escaño de profesor de la Universidad, suspender a sus alumnos por no saberse esta historia que acaba de escribir. Pero, llegado ese momento, yo pediría a sus alumnos: ¡suspended, por favor, por dignidad!
Fernando Fernández Gómez

Ultima ratio

La razón de la fuerza
En algo que escribí sobre la primera Guerra del Golfo, contra la que también estuve y por motivos análogos a los que estuve contra la segunda, no dejé de tomar mis distancias con respecto al "viejo y sucio pendón del pacifismo". Ese pendón volvería a ondear, sino que maquillado con los colores del espectro pentapolita. Politics makes strange bedfellows, como dijo el otro, y por eso quisiera dejar bien sentado que, impedido por la naturaleza de hacer míos esos colores, mi opinión nada tiene que ver con el antiamericanismo ni el pacifismo al uso.
Decía ese mismo otro, demócrata a la fuerza, que cada país tiene el gobierno que se merece, y yo voy más lejos y digo que cada país tiene el gobierno que necesita, de suerte que el que la democracia sea una bendición para ciertos países, para otros es una gran calamidad. La democracia que el Imperio que no quiere decir su nombre impone a trancas y barrancas parte del supuesto de que lo que llamamos "civilización occidental", cuyo último grito es la democracia, sea superior a esas otras civilizaciones del planeta que de la democracia no acaban de fiarse. Y es que la democracia empieza por no respetar sus propias reglas de juego, su propia legalidad. La instancia suprema de esa legalidad son las Naciones Unidas, que son las que, como antaño el Papado, han de decir si una guerra es justa o no. En los cañones antiguos puede verse la leyenda Ultima ratio regum. En los modernos misiles va a haber que poner: Prima ratio reipublicae.

(CRONICAS ANACRONICAS)

Sunday, June 01, 2008