Friday, May 30, 2008

Aurea memoria



El pasado martes 29 de mayo hice con mi hermano Victorio una visita a José Antonio Muñoz Rojas, que pronto cumplirá 99 años, en la Casería del Conde, Alameda, provincia de Málaga. Con ese pretexto reproduzco aquí algo de lo mucho que sobre él tengo escrito.
Aurea memoria
José Antonio Muñoz Rojas es el último poeta de un linaje que viene de antiguo, de varios linajes, pues si por un lado su fuente está en Pedro de Espinosa, por otro, y desde muy arriba, le viene la afluencia de los metafísicos ingleses, con Crashaw y Donne a la cabeza. Poeta y labrador, cuando el surco del verso le ha venido estrecho; cuando en él no le cabía la anchura del campo y sus cosas, tuvo que recurrir a la prosa, a una prosa tan rica como exacta para contarnos cómo son las rosas. En su visión del campo está todo lo mejor de la Alta Andalucía, desde Fray Luis de Granada hasta don Juan Valera. ¡Cómo se les parece a veces, aun sin haber sido fraile como el uno ni diplomático como el otro! Un manuscrito de Fray Luis se guardaba como oro en paño en su casa de Antequera, incendiada por la plebe en armas. Decía Heine que quemar un libro es quemar un hombre. Si así fuera, quemar un manuscrito de Luis de Sarria habría sido quemar un linaje, y bien sabemos que no fue así. José Antonio Muñoz Rojas logró salvarse de la quema y ahí está de nuevo entre libros y olivos, entre caballos y cipreses, fiel a una tradición que es, por un lado, la de la cruza angloandaluza; por otro, la de la Introducción al Símbolo de la Fe.
La aparición de La gran musaraña me permitió hablar de la buena memoria y el buen estilo de algunos ejemplares que quedan de la especie en extinción del hombre de bien. Pero esa lección, tan patente en La gran musaraña, latía ya en Las musarañas y sobre todo en Historias de familia. La reciente reedición de Historias de familia nos revela, más que nos recuerda, que José Antonio Muñoz Rojas fue, además de un fino y hondo y sabio poeta lírico, un narrador excepcional. Compárense los relatos de Muñoz Rojas con los relatos de los profesionales del cuento en los años de nuestra trasguerra. Buscarlos en las antologías de la época es como buscar en los tratados y enumeraciones de la novela de aquel tiempo obras como Miss Giacomini, El bosque animado o La vida nueva de Pedrito de Andía, a cuyo lado pondría yo Historias de familia. En este libro, Muñoz Rojas era demasiado joven como para hablar de sí mismo, y en cambio le preocupaba el tramonto de un mundo del que apenas si le llegaban ya rumores vagos, leyendas truncadas, imágenes borrosas y todas las impresiones que el niño recibe de un entorno que no acaba de entender y que su imaginación rehace a su gusto. Aquel Muñoz Rojas asombrado en las salas en penumbra de la memoria me hace pensar en una de las historias de fantasmas más asombrosas que se hayan escrito, que es Mademoiselle Christina de Mircea Eliade. Esa familiaridad nebulosa con antepasados de vida, si no novelesca, pintoresca al menos, pone en pie esa realidad y esa verosimilitud que son patrimonio del buen estilo y la buena memoria. La realidad se evoca a golpe de impresiones; más que sucesos, se cuenta el eco de los sucesos. Hay encuentros con bandoleros, miedos nocturnos, orgías domésticas, damas de carácter, maridos botarates, novias ideales que mueren o profesan en plena juventud, solteronas que hacen viajes imaginarios como el Des Esseintes de À rebours… En ese libro está además una de las mejores recreaciones del breve idilio que tuvo Lord Byron en Sevilla; otra hay, deliciosa también, en Sevilla en los labios, de Romero Murube
Cuando apareció en Málaga, reunida en un tomo voluminoso, la “poesía incompleta” de Muñoz Rojas, me vino a las mientes un verso de Pedro de Espinosa que en todo y por todo le era aplicable a él: “Con oro escribo y mucha Ceres leo”. Epígono inmediato de los poetas del 27, hay en sus primeros versos un surrealismo contenido por una sencillez expresiva que le viene de Antonio Machado, y en los “incendios de teatro” de la literatura de la época supo siempre encontrar el “ascua de oro” con la que siempre escribió mientras veía arder las rastrojeras en el libro abierto del campo. El barroco no podía serle extraño, y él lo sujetó al molde del soneto, y ahí está el soneto al Cristo de Velázquez, que deberían leer y meditar los graciosos que ironizan sobre la sonetería religiosa de la inmediata trasguerra. No sólo en el asunto, sino en su tratamiento, está otro de los poetas de cabecera de Muñoz Rojas: Unamuno, a quien llegó a conocer en Cambridge, y de quien aprendió a hacer belleza con el pensamiento. Un hombre que va camino del siglo y que no ha dejado pasar un día sin una línea, no tiene más remedio que tener una obra inabarcable. Incluso quien intentó abarcarla toda, como Cristóbal Cuevas, se vería desbordado por una obra posterior tan importante como Objetos perdidos. Sobre ese título, galardonado con el Premio Nacional de Literatura, no vale repetir los juicios críticos emitidos sobre la obra anterior del poeta. Todo aquí es nuevo en cuanto manera de expresión, ajustada a la angustia de la memoria que flaquea y de las preguntas últimas de la vida. Doy aquí el dato, a título de curiosidad, de que este libro de poemas está siendo utilizado a efectos terapéuticos por un joven geríatra madrileño. ¡Quién sabe cuántos sufrimientos se habría ahorrado eso que llaman la humanidad si los psiquíatras de los años 20 y 30 hubieran tenido en cuenta los Cuartetos de Eliot!
Muy joven era Muñoz Rojas cuando escribió, en la estela aforística de don Antonio: Caminitos del vivir, / tan ligeros al bajar/ y tan tardos al subir. Luego, ya en su madurez y en la misma estela, nos dejaría ese haiku entre las estrofas de una canción: Y el mirlo tan negro / al rayar el día, / solo en el albero. Del menor de los Machado aprendió además a distinguir las voces de los ecos; luego vendría Hopkins a enseñarle a distinguir entre los ecos, los de plomo de los de oro, y con ese metal noble ha ido haciéndose la obra de Muñoz Rojas, con el oro del ascua de Machado, con el del eco de Hopkins y con el que empleaba para escribir Pedro de Espinosa.

Thursday, May 29, 2008

Homenaje a JRJ en Buenas Letras

A continuación reproduzco el texto leído en la sesión pública del 29 de mayo de 2008:


Mis tangencias con Juan Ramón Jiménez

Lo primero que leí de él fue Estío en la edición de Losada “Contemporáneos”, que ví en el escaparate de Sanz en la calle Sierpes y me apresuré a adquirir. Debía yo entonces de estar en el penúltimo curso del bachillerato. También por entonces pude leer su primer texto en prosa: Juegos del anochecer, de Platero y yo. Ya sabía yo de la existencia de ese libro, del que había leído alguna mención en algún que otro artículo literario en ABC y del que había oído alguna alusión y por el que sentía gran curiosidad. No tardaría Platero y yo en hacer su aparición en el escaparate de Sanz. Era junio de 1948 y yo acababa de aprobar el examen de Estado o Reválida y le pedí a mi padre que, como premio, me comprase el libro. Era una preciosa edición de Losada en tela azul con guardas amarillas e ilustraciones de Norah Borges.
Me acompañó en mi veraneo en Portugalete, en el que por fin tuve la sensación de ser algo más que un mero versificador. Pero más importancia que aquellos ejercicios de redacción en verso, tuvo para mí la lectura de Platero y yo por un lado y, por otro, de un número atrasado de La Estafeta Literaria, de 1944, en la que había, ilustrado a todo color por Lorenzo Goñi, un artículo sobre las revistas de vanguardia de antes de la guerra: Papel de Aleluyas, Mediodía, Litoral, etc.
Aquel otoño fue cuando entré en la Universidad, y si no fue aquel curso fue al siguiente cuando López Estrada inició su tertulia en Los Corales y nos llevó a la Casita del Moro a conocer a Romero Murube. Con gran sorpresa por mi parte, Romero Murube, de quien yo no había leído nada, en lugar de hablarnos de sí mismo y de las letras locales, nos habló de sus amigos muertos o ausentes, como Federico, Guillén, Salinas o Juan Ramón Jiménez. He dicho alguna vez que yo empecé a escribir versos a los trece años imitando a Espronceda para a los catorce imitar a Bécquer y a los dieciséis a Rubén Darío. A los dieciocho pasé a Juan Ramón y Antonio Machado, poeta este último al que tuve pleno acceso durante el primer año de carrera, gracias a un compañero de curso, natural de un pueblo de Córdoba, que se llamaba Mario López Iñiguez. Este muchacho me prestó las Poesías completas con prólogo de Ridruejo y, a pesar de que el ejemplar estaba dedicado por su padre (“A mi hijo Mario, en el día de Reyes de 1946”), nunca se lo devolví. Nunca supe más de Mario, cuyo libro perdido fue para mí tan fundamental como lo fue la Segunda antolojía poética de Juan Ramón, en la Colección Universal, que me compré en un baratillo de libros en el “Jueves”, el “Rastro” de Sevilla.
Siempre influye en el que escribe lo que se lee con gusto, pues no hay creación literaria digna de ese nombre que no sea un ejercicio de imitación. Se imita lo que se admira, y el toque está en no equivocarse de objeto de admiración. Aquella exclamación que puso de moda Rubén Darío y con él todo el modernismo - ¡admirable! - tenía un significado muy hondo dentro de su histriónica superficialidad. Yo había venido admirando e imitando a los poetas desde Espronceda en adelante, y de poeta en poeta llegaría al que, si saberlo yo entonces, había situado en Bécquer los orígenes del lenguaje poético contemporáneo. Me refiero a Juan Ramón Jiménez, a quien nunca me atreví a imitar por mucha admiración que le tuviera, limitándome a la imitación de otro más a mi alcance, que era Antonio Machado.
Cuando yo supe de Antonio Machado y de Villalón y de Lorca, ya no estaban en el mundo de los vivos, aunque vivían y traté a fondo a gentes que los conocieron bien. Jiménez en cambio vivía, como vivía Alberti, y tarde o temprano la tangencia habría de producirse. En el caso de Jiménez, que es el que cuenta aquí, el primer paso fue a través de la revista Platero, con cuyos componentes, coetáneos y amigos míos, se carteaba el “andaluz universal”, y el segundo, más directo, el envío por él a petición mía de un romance inédito para la revista Aljibe. A ese romance le contesté con otro, escrito en su homenaje. Meses más tarde, hallándome ya en Cambridge, me volví loco mandando tarjetas de Navidad, que eran maravillosas, y entre tantas maravillas vi una, de asunto poco navideño, pues era un burrito durmiendo panza arriba con las manos cruzadas en un prado de margaritas. No perdí un segundo en mandarla a Puerto Rico, como había hecho con el romance, como el náufrago en una isla desierta que lanza al mar un mensaje en una botella. Al reanudarse el curso, recibí una tarjeta del profesor Trend, que aunque estaba jubilado, residía aún en su colegio, que era Christ’s. Las veces que había visto a Trend hasta entonces me había hablado con su habitual entusiasmo de una obra de Pérez Montalbán titulada La toquera vizcaína. Cuando murió estaba yo en España y publiqué en Insula una semblanza suya.
Cuando se es joven y se está inmerso en un autor es inevitable la imitación de lo que se tiene por inimitable, y algo de eso hay en mis primeros tanteos juveniles, en los que lo que haya de imitación raya en la torpeza.
En esa línea hice una semblanza de la Niña de los Peines que está recogida en La era de Mairena, pero no insistí en lo que más que imitación era parodia, aunque perseveraría en la admiración y la devoción. También en La era de Mairena se alude al acompañamiento de los cadáveres embalsamados de Juan Ramón y Zenobia a su última morada después de un responso en la iglesia sevillana de la Anunciación. Debo decir que no fue nada grato contemplar los rostros deformados por los maquillajes, visibles a través de una mirilla de cristal en la tapa de los féretros. Ya en el cementerio de Moguer, creo haberlo dicho en otra parte, y en el momento de echarles tierra, dijimos versos de JRJ algunos de los poetas presentes: Fernando Quiñones recitó aquello de Y yo me moriré y se quedarán los pájaros cantando… y yo el soneto que empieza ¿Cómo era, Dios mío, cómo era? Yo creo que un poeta sólo es grande cuando sus versos, o algunos de sus versos, se graban en la memoria de los demás. Cuando yo estudiaba el bachillerato, la poesía se consideraba un arte oral, o sonoro, como la música, y es por tradición oral por lo que nos ha llegado la poesía popular, con la que por cierto era grande la deuda de JRJ. No era hombre JRJ dado a reconocer deudas, sino más bien a reclamarlas. También es cierto que para reconocer una deuda hay que haberla contraído antes, y en este vicio tuvo él el arte de no incurrir. Y es que la gran deuda suya era con el dominio público, por así decir, con alguien que no cobra derechos de autor ni lleva por plagio a los tribunales: con el autor anónimo de la copla popular, y esa deuda él la reconoció cuando dijo que él escribía como hablaba su madre. JRJ, al desnudar a su poesía de los fastuosos atavíos modernistas de sus “borradores silvestres” fue a dar en Bécquer, o se replegó sobre Bécquer, origen según él de la poesía contemporánea y en quien estaba bien clara la filiación popular. En JRJ influyó la manera de hablar de su madre como en Bécquer influyeron las coplas recogidas por Ferrán y en los Machado las recogidas por Demófilo, de suerte que cuando García Morente le pidió para su Segunda antolojía que “elijiese, con un punto de vista popular, aquellas que, “por su espontaneidad y sencillez”, pudieran llegar más fácilmente a todos”, él no tuvo que devanarse los sesos demasiado, aunque, eso sí, avisando que lo espontáneo y lo sencillo eran en él “fruto de plenitud” o, dicho de otro modo, que “la perfección, en arte, es la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”.
Yo conservo de JRJ, aparte de aquel romance que me mandó para Aljibe, un premio de conducta del Colegio de Jesuitas del Puerto de Santa María, y una carta desde Lourdes a su hermano Eustaquio y a su sobrino Juanito Ramón, en la que dice: “Esto es impresionante y conmovedor. Hoy hemos visitado el asilo. No es posible dar idea de la miseria humana que viene en busca de salvación.” Esta carta me la dio uno de sus sobrinos nietos, en aquellos días eufóricos de los primeros pasos de Aljibe, y también les dio otras dos, que yo sepa, a Angelito Medina y a Alberto de la Hera, compañeros suyos de Villasís, cartas que mucho me temo se hayan perdido. También me mostró la foto de un Juan Ramón imberbe de dieciséis o diecisiete años, hecha en Sevilla a finales del XIX.
Raro es el poeta del 27 que no tenga quejas de Juan Ramón en su trato personal con él, empezando por Alberti, que no obstante dejó en sus Retornos de lo vivo lejano una bella evocación de la tarde en que él, acompañado de José María Hinojosa, fue a visitarlo a su azotea madrileña para pedirle la carta prólogo a Marinero en tierra. Dámaso Alonso, de vuelta de un viaje a América, nos contaba en el Alcázar de Joaquín Romero que había coincidido con él en casa de Amado Alonso, en Harvard. Era la primera vez que lo veía después de la guerra y era como si su pergeño hubiera perdido aquel “prestigio moro” que lo envolvía antaño. Se despidieron él y Zenobia, pero al cabo de unos minutos oyeron sonar con insistencia el claxon de un automóvil. Salió alguien a ver qué pasaba y volvió diciendo, de parte de los Jiménez, que como sabían que don Dámaso había dejado su equipaje en una taquilla de la estación, ellos se ofrecían a llevarlo en su automóvil. Dámaso no tuvo más remedio que despedirse y una vez en el auto Juan Ramón le confesó que tenía interés en hablar con él, cosa imposible en la casa con tanta gente delante, y pasó a hacer una escabechina general de poetas del 27, desde Cernuda, cuyos últimos poemas parecían “traducidos del inglés” hasta Guillén, “cada vez más castúo”. Luego pasó al piso superior y dijo que sólo había tres poetas sumos y que los otros dos eran Rilke y Valéry, dicho lo cual los descabezó de sendos tijeretazos, con lo que la sumidad poética quedó reducida a él.
Ni los poetas antedichos ni Juan Ramón gozaron los favores de la llamada poesía social, muy pujante en aquellos años, y con la que algunos poetas del Sur no estábamos muy conformes, por razones estéticas sobre todo. Los poetas sociales eran, si no la generación de nuestros padres, que era la del 27, la de nuestros hermanos mayores, es decir, la del 36, o más bien, la de la que uno de ellos denominara la “quinta del 42”. Si ellos preferían al difunto abuelo de los Campos de Castilla, nosotros nos quedábamos con el otro abuelito, el que vivía en Puerto Rico, que además dispensaba a nuestros amigos gaditanos un trato privilegiado y sostenía con la joven poetisa del grupo, Pilar Paz Pasamar, una asidua correspondencia.
Muchas son las personas con quienes tuve trato amistoso que habían tratado mucho a Juan Ramón, pero de entre todas ellas quiero dedicar un especial recuerdo a Paquita Pechère, que vino desde Valencia, donde su marido estaba destinado, para que su hija pequeña conociera al autor de Platero y yo. En el Fragmento tercero de su poema en prosa Espacio, habla Juan Ramón de “aquella hélice de avión que sorbió mi ser completo y me dejó ciego, sordo, mudo en Barajas, Madrid, aquella madrugada sin Paquita Pechere”. Yo conocí a doña Paquita a través de José Antonio Muñoz Rojas, de quien fue traductora, y pude visitarla, a ella y a su esposo, en su casa de Bruselas, también entre dos vuelos, de Nueva York a Ginebra. Me insistió en que fuera, pues aunque era agosto y estaba sin servicio, tanto ella como Pablo, su marido, tenían ya 82 años y no quedaban tantas oportunidades de conocerse personalmente. Era un verano de sequía y en medio del césped del jardín había una mancha amarilla. Tuve ocasión de conocer a la niña que sedujo al poeta con un trabajito escolar sobre Platero y yo, ya una matrona walona. Paquita Pechère había tomado con su hija uno de aquellos primeros vuelos con pasajeros de Valencia a Madrid y en la pista de Barajas aguardaban Juan Ramón y Zenobia el feliz aterrizaje. La acompañé a misa el domingo y hablamos de Paulina Crusat, entre otras cosas porque ambas, casi coetáneas, habían vivido una experiencia análoga de vuelta a la fe después de una juventud de extrañamiento. Pablo seguía siendo agnóstico. Me regaló sus traducciones de Salinas al francés. Mucho me hubiera gustado volver aquella casa clara y luminosa rodeada de un bonito jardín, pero Dios dispuso de ellos y no tardó en llevárselos a Su “azul de luceros”.
Una de las mejores definiciones que jamás se hayan hecho de un intelectual se debe al dictador Primo de Rivera cuando en una de sus “notas oficiosas” se refirió a don Ramón del Valle-Inclán como “eximio escritor y extravagante ciudadano”. Esa definición es aplicable a mucha gente del gremio, pero si había otro que se la mereciera tanto o más que Valle, ése era Juan Ramón. El mismo se pregunta por el asombro con que deben de verlo pasar sus paisanos por las encaladas calles de Moguer todo vestido de negro y montado en su burrito. También refiere cómo se negó a abandonar su estudio forrado de corcho para asistir al homenaje que la intelectualidad madrileña le tributó a Valéry y en cambio le llenó de rosas rojas la habitación del hotel. Son conocidos sus amores imposibles, como el de Margarita de Pedroso, o imaginarios, como el de Georgina Hübner, una colosal tomadura de pelo. El día del entierro en Moguer le pregunté a una mujer mayor del pueblo que lo recordaba, que si estaba tan loco como decían. Esa mujer, que se llamaba Rosario Alcón, me contestó: “No era de esos locos que se avanzan, pero mu normal no era…” En su finca de Fuentepiña, bajo el pórtico corrido, hay o había un banco de material situado justo debajo de una ventana, al otro lado de la cual dormía la siesta el poeta, siempre y cuando el médico que lo trataba hiciera lo propio en el banco susodicho. Una tarde, ya en Madrid, que Zenobia había invitado a tomar el té a unas amigas, él se negó a salir y dijo que no estaba visible. De pronto, una de las señoras vio con asombro un biombo chino que atravesaba la sala de un extremo a otro y debajo del cual asomaban las polainas del poeta. No siempre era él el excéntrico. Me contaba Alberti que en un viaje que hicieron él y Zenobia a Buenos Aires poco después de la aparición del Dios deseante y deseado, fueron a visitar a Gómez de la Serna. Al llegar a la casa, que tenía patio de luces y llamar a la cancela, se asomó Ramón a una de las ventanas altas y dijo:
- Usted escribe ahora Dios con minúscula, ¿verdad? Pues lo siento, pero en mi casa no entra usted.
En los pálpitos universitarios de la “Transición” vino a Sevilla Aurora de Albornoz, que había estado casada con un pariente de Zenobia, hijo de don Federico Enjuto, juez instructor del sumario por el que fue condenado a muerte José Antonio Primo de Rivera. Dados los tiempos que corrían, la Albornoz dijo que Juan Ramón le había confesado a ella ser comunista y regionalista. Yo hice la tontería de protestar, alegando que si lo primero fuera cierto, poco habría durado en la América de MacCarthy, donde vivió y trabajó sin ser molestado.
Hace años, un autor norteamericano escribió una obra teatral sobre Mozart, posteriormente llevada al cine, en que se adornaba al personaje con todas las prendas morales y físicas de las minorías abyectas salidas de las cloacas del 68. Una de las consignas del mayo francés fue la de arrancar los adoquines de las calles y las plazas, menos para levantar barricadas que para encontrar la arena de las playas. Pero debajo de los “adoquines de mayo” no había ninguna playa, sino el cieno de los desagües de la ciudad, con lo que los habitantes de aquellas aguas fecales pudieron salir a la superficie y desparramarse por toda la ciudad y por todo Occidente. Años atrás hubo quienes habían bajado, si no a los Infiernos como pretendían, al sistema de alcantarillado, desde Rimbaud y Lautréamont hasta los surrealistas, con ayuda éstos del Doctor Freud. En el apéndice de las recientes Conversaciones con José “Pepín” Bello aparecen algunas cartas en las que dos de ellos, concretamente Dalí y Buñuel, ponen literalmente a Juan Ramón a caer de un burro, de un burro que no es otro que Platero. De este modo, estos metecos que nunca perdieron el pelo de la dehesa, hacían méritos ante los refinados artistas locales que echaban a la Gioconda al cubo de basura de lo “putrefacto”.
Entre los vanguardistas del primer cuarto de siglo y los del último tercio del mismo había una diferencia; mientras aquéllos, una minoría al fin y al cabo de gente de talento, trataban de derribar de su pedestal a las grandes figuras del arte y del pensamiento para ocupar su puesto, éstos, los del 68, una masa igualitaria consciente de sus limitaciones y sus insuficiencias, trataban de derribar también a esas mismas figuras de sus pedestales y de arrasar los pedestales mismos, para que todos estuviesen a la misma altura, reduciéndolas a un mínimo común denominador, a lo que los igualaba a la masa. En no recuerdo qué localidad italiana el municipio comunista organizó un homenaje a un poeta que también lo era y por el hecho de serlo: Rafael Alberti. Si hay un poeta que haya influido en mí, ése es Alberti en primer lugar, pero no ciertamente por sus ideas políticas. Yo contesté a la convocatoria declinando mi asistencia, pues tal homenaje venía a ser como si se homenajeara a Byron por ser cojo o a Leopardi por ser jorobado.
El hecho de que los jorobados reivindicaran a Leopardi o los cojos a Byron como los comunistas a Alberti no sería muy distinto al de los gamberros reivindicando al único Mozart a su altura o al de los invertidos reivindicando a Lorca “por do más pecado había”.
Los que nos dedicamos al cultivo de las artes o las letras no tenemos menos defectos como individuos que el común de los mortales, y algunos los tenemos corregidos y aumentados, pero es que si somos algo, no es por esos defectos que nos igualan a la masa, sino por ciertas virtudes, o dotes, que nos distinguen de ella. Muchos de esos defectos son inconfesables y degradantes, pero muchos tienen la debilidad de ponerlos por escrito o de darles forma artística guardándolos en un cajón que hace las veces de subconsciente. De esta suerte, junto a las obras en las que el artista pone lo que en él hay de eterno, que es su alma, pueden aparecer en ese cajón siniestro engendros de sus horas bajas en los que ha puesto las pasiones más viles.
Todo lo malo y lo negativo que quepa decir de Juan Ramón está entre el chisme y la leyenda y en principio no tiene por qué tener trascendencia alguna. Lo malo es cuando aparece algún escrito, de dudosa autenticidad casi siempre - piénsese en Quevedo o en Espronceda para no ir más lejos - , con el sano propósito de asimilar el “eximio escritor” al “extravagante ciudadano”, por no decir algo más duro.
Hay versos de muchos poetas, y muy en concreto de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, que repito con frecuencia como una oración. No sé si en ellos está lo mejor de ellos mismos, pero sí que me consta que con ellos sacan a la luz lo mejor que hay en mí y me rescatan de tantas miserias y tantas extravagancias. Con Antonio Machado digo:

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya,
- así en la costa un barco - sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa
.

Y con Juan Ramón:

¡Quién sabe del revés de cada hora!
¡Cuantas veces la aurora
estuvo tras un monte!
¡Cuántas el rejio hervor del horizonte
tenía en sus entrañas de oro el trueno!
Aquella rosa era veneno.
Aquella espada dio la vida.
Yo soñé una florida
pradera en el remate de un camino
y me encontré un pantano.
Yo soñaba en la gloria de lo humano,
y me hallé en lo divino.

N. B. Uno de los participantes en el acto, pregonero, académico, poeta y amigo, vociferó una exaltación de los versos pornográficos atribuidos a J.R.J. pero en lugar de leernos una muestra, tuvo la fineza de leer el Romance revivido del tiempo de Sevilla que el poeta me mandó e hice publicar en el último número de la revista Aljibe. Cuando la revista salió, yo estaba en Inglaterra y los aturdidos responsables, al componer la página, copiaron la indicación a lápiz del autor de que el poema era inédito sin fijarse en que ya había dejado de serlo.



Wednesday, May 28, 2008

Contradicciones

Véase Análisis Digital

La derecha al derecho

La derecha tiene derecho
Enrique García-Máiquez



DICEN que tras la caída del Muro de Berlín no tiene sentido hablar de derechas ni de izquierdas. Ya, pero la caída del Muro debería crearle problemas (y no sólo terminológicos) a la izquierda. No a una derecha (Reagan, Thatcher) que contribuyó a esa caída, liberando a millones de personas de las garras del materialismo. Voy a hablar de la derecha, para entendernos, como ese espacio donde se agrupan y en cierta medida se confunden democristianos, liberales, conservadores e, incluso, reaccionarios.Toca hacerlo porque la crisis del PP nos la venden como un enésimo viaje desde la derecha hacia el centro. Yo no me lo creo. Lo de ganar el centro es una cosa antigua, muy practicada aún por Gallardón, que consiste en tratar de seducir, aprovechando que a la legítima se la tiene en casa, a la base social del prójimo. Implica una renuncia a convencer a nadie, y dos peligros: que la seducible no se deje y que la legítima te deje, harta de engaños.Algo harta está, como demuestran las bajas de afiliados y el desencanto de los simpatizantes del PP. En realidad, más que la solución de la crisis, este giro al centro ha sido el desencadenante. El nuevo PP, que el viejo Rajoy quiere seguir liderando hasta que la muerte los separe, ha eliminado de su ponencia política la mención al humanismo cristiano y no se llama a sí mismo de centro-derecha, sino de centro reformista, progresista, etc. O sea, que a la derecha no se le deja ni un rinconcito. Esto supone nada menos que interiorizar la presión social, mediática, cultural y política que vivimos en España contra una opción tan respetable como la que más, y que se impone en Europa (Merkel, Sarkozy). En el fondo se trata de una maniobra desesperada de Rajoy para mantener el liderazgo del PP, haciendo pagar a la derecha, como cordero expiatorio, la culpa de la derrota electoral del 9 de marzo.No saldrá bien porque el pensamiento de derechas es hoy muy sólido, porque sus bases sociales están movilizadas y, sobre todo, porque en democracia las ideas buscan su representación política, como ha demostrado Rosa Díez por la otra banda. Si el PP se niega a albergar en su seno a la derecha, se quedará sólo con el centro, sea eso lo que sea. En un sistema parlamentario, los partidos deben estar para representar a los ciudadanos, no para aupar al líder a cualquier precio. Rajoy alega que si no se cambia, si no se le cae bien a los nacionalistas y se pacta con ellos, no se va a ningún sitio. Algunos nos conformamos con que nos dejen estar en nuestro sitio. La derecha, ganando o en la oposición, junto al centro o por libre, tiene derecho a existir.

(Diario de Sevilla)

Homenaje a JRJ


Sunday, May 25, 2008

La abogada de Satanás I

Véase El Manifiesto

Fiesta de cumpleaños

Manuel Domecq Zurita, vizconde de Almocadén, celebró el sábado 24 de los corrientes en su casa de Jerez de la Frontera su septuagésimo quinto cumpleaños con cuyo motivo, y con un tiempo espléndido, invitó a la mucha gente que lo quiere en las dos partes en que Fernando Villalón dividía el mundo conocido y fuera de él. Me cupo el señalado honor de hablar a los postres.

EL VIZCONDE ENCUADERNADO

Cuando el francés era la segunda lengua que se aprendía en los colegios de pago y en los Institutos de Enseñanza Media de toda España, los únicos que en Andalucía sabían inglés eran los malagueños, los gibraltareños, los jerezanos y las niñas educadas en las Irlandesas, a muchas de las cuales tuve por condiscípulas en el recién nacido Instituto Británico de Sevilla. De todos ellos, que me corrijan si me equivoco, los que mejor lo hablaban eran los bodegueros de Jerez, en los que una sabia política matrimonial, reforzada con la importación de nannies, hacía normal el bilingüismo. Más infrecuente era el dominio del alemán, en el que destacó el inolvidable Jesús Aguirre. Jesús Aguirre, formado en Munich con teólogos de la altura de Romano Guardini, llegaba incluso a captar la benevolencia de sus auditorios sustituyendo la clásica cita latina por una cita alemana. Su entronque con una rama de los Estuardos no lo incitó en igual medida al estudio de la lengua inglesa y, de un viaje que, con motivo de un acontecimiento hípico, hubo de hacer a Jerez en el desempeño de sus obligaciones parafernales, volvió a la casa de las Dueñas ofendido porque los jerezanos se habían puesto a hablar en inglés en su ducal presencia. Yo, que me acordaba de aquello que el césar Carlos, que no era mal lingüista, decía de las lenguas que empleaba según quién fuese su interlocutor, le contesté a Jesús diciéndole que si los jerezanos hablaban entre ellos en inglés, por qué no se había puesto él a conversar en alemán con los caballos. Sin embargo, la persona que concitaba en aquella ocasión el despecho de Jesús no era de Jerez, sino de Arcos, y era además tocayo suyo: Jesús de las Cuevas, que no necesitaba hablar inglés para ponerle el paño al púlpito.
Jesús de las Cuevas fue quien me introdujo a la leyenda de Manolo Almocadén, de quien me hacía unas ausencias fabulosas, pero Dios se lo llevó antes de que pusiera en práctica el propósito de reunirnos en Jerez, en Arcos o en México con Manolo Domecq y Octavio Paz, “copas de jerez en alto”. Tampoco Octavio Paz tardaría mucho en dejarnos huérfanos de su amistad y su sabiduría, y tuvo que ser otro fuera de serie, otro thoroughbred, otro pura sangre de las bellas artes y las buenas letras, Rafael Manzano, quien por fin diera ocasión con su despedida de la cátedra sevillana a que conociera a Manolo Domecq. Manolo Domecq sitúa en cambio en Arcos nuestro conocimiento, pero no en el Barrio Bajo, en casa de los Cuevas, sino arriba en la plaza del Cabildo, en el castillo, y con los buenos oficios de otra persona inolvidable, Dagmar Williams. Durante muchos años yo creía recordar una corrida en la Maestranza sevillana en la que actuaron juntos Chicuelo y Pepe Luis Vázquez, una corrida que nunca fue pues Pepe Luis nunca alternó con Chicuelo, pero una corrida que no tuvo más existencia que la ideal que yo soñé al poner en el mismo cartel a dos toreros que admiraba. Algo de eso es lo que le pasa a Manolo Almocadén con Dagmar y conmigo, de lo que no puedo por menos que sentirme terribly flattered, muy halagado. No puedo olvidar el día en que llevé a que conociera Arcos a otra entrañable amiga hispanoinglesa, Natalia Stucley, esposa de uno de los ingleses que mejor han cortado la lengua de Shakespeare, regada siempre con profusión de Navy drinks, como él decía. Antes de que hubiera tenido tiempo de reaccionar ante la vista espectacular de la población, Natalia se veía en el ojo del huracán, es decir, en un salón del castillo y frente a la castellana, en aquel momento acompañada de sus consuegros franceses. La performance de Dagmar, pasando revista a sus recuerdos y sus ocurrencias y pasando con gran naturalidad del español al inglés y viceversa, según se encartara, dejó muda a Natalia, que no se esperaba aquella escena digna de Brideshead o Garsington.
Son muchos los nombres entrañables los que, como las piedrecitas de Pulgarcito, me venían guiando hasta esta mansión de la plaza de Benavente Alto, nombres de ambos hemisferios a los que tengo que añadir el del pintor Pedro Coronel. También de Pedro Coronel habría mucho que contar, y sólo diré lo mal que le pareció que lo despertaran a altas horas de la noche Octavio, Manolo, el padre de Manolo, otros graves señores y, last but not least, Benito Pérez el “Jurispoeta”, vestidos todos de romanos y coronados de laurel para arrastrarlo a un festín digno de Trimalción. No sé si estaba Pedro con la curda o con la cruda, que es como en México llamamos a la resaca.
Para mí Almocadén era una sucesión de instantáneas, de fogonazos, de estampas sueltas, de fascículos en los que tan pronto lo imaginaba como Hans Castorp en su montaña mágica o bien en una garçonnière junto al Sena como un joven de provincias de Balzac o de Flaubert, o en una cantina de Cuernavaca como un cónsul de Malcolm Lowry. Nuestro vizconde no estaba partido en dos, como el personaje de Italo Calvino, sino que era ubicuo y aparecía por todas partes, pero nunca completo, siempre le faltaba algo y es que las hojas sueltas de su vida aventurera se barajaban y confundían porque él mismo se había olvidado la numeración, como por ejemplo cuando, confundiéndose con su propio abuelo, le reprochó a Alberti en su casa trasteverina que renegara del romance que le escribió cuando aún le rezaba a la Virgen del Carmelo. Todas estas confusiones hay que mirarlas a través de un catavino, porque el hecho es que no hay nada como su contenido para hacer perder el sentido del tiempo. En sus días de bohemia parisién, en los que no faltarían los momentos de soledad, Almocadén debió de hacerse más de una vez la consabida reflexión Cherchez la femme! Eso mismo nos hemos dicho más de uno de sus amigos, de sus nuevos amigos, y no puede decirse que él no acertara en su busca, porque gracias a ese acierto, los pliegos sueltos de su biografía tendrían orden y unidad en una encuadernación de lujo. Carmen nos deslumbraría a todos, y quiero creer que es gracias a ella como llegaría a conocer al vizconde de una pieza, al vizconde encuadernado, a ese vizconde de hojas volantes que con tanto arte y tanto amor ha puesto Carmen en nuestras manos para que lo hojeemos al amor de la lumbre o a la sombra de una parra.

Friday, May 23, 2008

Regimiento de Berwick

En la primavera de 1986, a la vuelta de Pekín camino de Sevilla, hube de hacer escala en la terminal de Air France y aproveché para visitar Los Inválidos. Cuál no sería mi sorpresa cuando en el rellano de la escalinata, ocupando todo el testero, vi esta bandera con la leyenda de que era la del Regimiento del Duque de Berwick, el hijo bastardo de Jacobo II, antepasado de Jimmy Fitz-James Stuart, XIV duque de Alba, y de Sir Winston Churchill, que se distinguió en la Guerra de Sucesión española y fue distinguido con el ducado de Liria por Felipe V a raíz de la victoria de Almansa. Ante esa bandera cayó derrotado el conseller Casanova al caer Barcelona. Años más tarde, en la guerra en que Felipe V hubo de hacer frente a la Cuádruple Alianza, el duque de Berwick, siempre a las órdenes de Francia, tomó Fuenterrabía en un paseo militar. Dudo mucho que el pobre Sabino tuviera en cuenta estos antecedentes cuando perpetró la enseña de su patria chica vizcaína. De entonces data el artículo que sigue, aparecido en el ABC de Sevilla:

Los vascos y la Hispanidad

El benemérito vascongado don Julio Caro Baroja, de quien hace ya muchos años dijera González Ruano que, siendo sobrino de don Pío Baroja, parecía el abuelo de su tío, decía en su fecunda senilidad que “el concepto de Hispanidad… tenía un antecedente en el de Italianità, usado por los fascistas de Mussolini”. Ese concepto, que nuestro sabio antropólogo vinculaba con razón a la era de Franco, campeó en el título de un libro de otro vasco, Ramiro de Maeztu, un libro escrito mientras su autor representaba en Buenos Aires como embajador a la Dictadura de Primo de Rivera. Por las fechas en que Maeztu compuso su Defensa de la Hispanidad cabría suponer que Caro Baroja tendría razón y que el concepto fuera un calco del término italiano. No fue así; ese concepto era puramente español, y concretamente vasco, ya que el primero que lo lanzó y lo razonó fue otro vasco, don Miguel de Unamuno, nada menos que en 1909. En esa fecha - debemos la referencia a don Antonio Lago Carballo - publicó don Miguel un comentario a la obra La restauración nacionalista, del argentino Ricardo Rojas, en el que con este término de “hispanidad” definía la comunidad de pueblos de habla española y encerraba en él “aquellas cualidades espirituales, aquella fisonomía moral, mental, ética, estética, religiosa”. Mientras Maeztu representaba en Buenos Aires a Primo de Rivera, Unamuno lo combatía desde Hendaya, y en Hendaya y en 1927 escribió otro artículo, aparecido por cierto en Buenos Aires, donde no tuvo más remedio que haberlo leído su amigo y paisano el embajador de España, en el que afirmaba: “Digo hispanidad y no españolidad para incluir a todos los linajes, a todas las razas espirituales, a las que han hecho el alma terrena - terrosa sería, acaso, mejor - y, a la vez, celeste de Hispania”.
Nada de extraño tiene el que fueran vascos los que incorporasen ese vocablo a la lengua de Castilla, pues vasca fue la nao capitana de Colón y cántabro su armador y maestre de la flota: el cartógrafo Juan de la Cosa, quien con otros siete marineros de la misma nación vascongada figuró entre los que primero pisaron el Nuevo Mundo. A los nombres de esos precursores hay que agregar la infinidad de patronímicos vascongados que ilustran la historia y la geografía de la América española; nada más lógico, pues, que unas provincias de las que salieron un Garay, un Legazpi, un Urdaneta, un Zumárraga, un Elcano, un Ercilla y hasta, por haber de todo, un Lope de Aguirre, que por tan diversos caminos engrandecieron a España, diera con el tiempo los hombres que darían un nuevo nombre a esa España engrandecida.
El nieto del Sr Caro Baroja, es decir, su tío Pío, un vasco que nunca tuvo pelos en la pluma, nos ha dejado en sus novelas, sobe todo en las del mar, hermosas relaciones de las proezas ultramarinas de sus paisanos en unos tiempos en que lo español era el género y lo vascongado la especie. La presencia vasca en Filipinas, por ejemplo, no se reduce a la fundación de Manila ni al tornaviaje del galeón de Acapulco, y a los nombres de Elcano, Legazpi y Urdaneta, añade Baroja, por boca del capitán Chimista, el del franciscano Melchor de Oyanguren, que fue el primero que hizo un estudio del tagalo comparado con otras lenguas; el de Lorenzo Ugalde, general guipuzcoano que luchó en el siglo XVII contra la Armada holandesa; el de Iñiguez de Carquizano, envenenado por un portugués cuando la expedición de Loaysa que le costó la vida a éste y a Elcano y en la que iba el joven Urdaneta; el de Francisco de Echeveste, general de las galeras de Filipinas y embajador del rey de España en Tonkín; el de Tomás de Endaya, constructor naval en Cavite; el de Francisco Esteíbar, que combatió por mar y tierra a chinos e ingleses en Filipinas en el siglo XVII; el de fray Miguel de Aozarasa, mártir en el Japón. Estos frailes y estos soldados no agotan la nómina; a ellos hay que sumar los mercaderes, muy en especial los de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, estudiada por Ramón de Basterra en Los navíos de la Ilustración. Esos navíos, fletados entre otros por el conde de Peñaflorida, padre de uno de los caballeritos de Azcoitia, llevan los libros y las ideas del Siglo de las Luces al Continente que en los dos siglos precedentes sus paisanos habían conquistado con la espada y evangelizado con la cruz.
Ese luminoso siglo no pudo empezar peor para los españoles, a los que nos dividieron en dos bandos dinásticos y, curiosamente, los vencidos del bando austríaco salieron mejor parados que los vencedores del bando borbónico. Los catalanes se libraron de la maraña jurídica del reino de Aragón gracias al decreto de Nueva Planta, y tuvieron las manos libres para comerciar en América al amparo de los máximos cargos públicos a los que también, gracias a los Borbones, tenían por fin acceso. En tiempos de Carlos III se traza el Camino Real a lo largo de California, y es un catalán, el capitán Gaspar de Portolá, quien descubre la bahía de San Francisco y funda la ciudad de su nombre, y un mallorquín, fray Junípero Serra, quien funda las beneméritas misiones. Logran en cambio recuperar Menorca de manos de la Pérfida Albión. En cambio, vascos y andaluces, que hemos luchado por el de Borbón, salimos descalabrados por los tratados de Utrecht, que a los unos nos quitan Gibraltar y a los otros el monopolio de la captura de la ballena y el bacalao en Terranova y en el Atlántico Norte. La Compañía Guipuzcoana nace para poner fin al contrabando holandés y ha de hacer frente al motín de Andresote, instigado por los holandeses de Curazao.
Maeztu por su parte refiere que uno de los virreyes catalanes del Perú, el marqués de Castelldosríus, nombrado por recomendación de Luis XIV como premio a haber abrazado en la guerra la causa de su nieto, fue a Lima “con la condición de permitir a los franceses un tráfico clandestino contrario al tradicional régimen del virreinato. Al morir Castelldosríus - prosigue Maeztu - y ser sustituído por el arzobispo de Quito, fue éste procesado por haber suprimido el contrabando francés…” Los contrabandistas, tanto franceses como ingleses y holandeses, debían de tener altos valedores en la colonia y en la metrópolis, porque a raíz de otro motín contra la Compañía Guipuzcoana, encabezado por el canario Juan Francisco de León en 1749, el Rey decretó la suspensión temporal de actividades, que no se pudieron reanudar hasta dos años más tarde. “Así se pierde un mundo”, comentaba Maeztu.
El bilbaíno José Luis Pinillos, vizcaíno de las Encartaciones, dice haber visto en el escudo del nuevo país independiente Saint Pierre-et-Miquelon la actual enseña de la región autónoma vascongada. Esas islas, antiguas colonias francesas como su nombre indica, al erigirse en Estado debieron de tomar esa bandera del Museo del Ejército francés, en los Inválidos de París, donde yo la he visto con asombro ocupando todo el rellano de una escalinata y con la leyenda constantiniana In hoc signo vinces. La bandera del Museo es la bandera del regimiento del duque de Berwick, el hijo bastardo de Jacobo II Estuardo y de Arabella Churchill que, derrotado por su tío carnal Marlborough en Irlanda, pasó al servicio de Luis XIV y se ilustró en la guerra de Sucesión española, donde ganó la decisiva batalla de Almansa en 1707 y tomó por asalto Barcelona en 1714. Lo curioso es que, en otra guerra posterior, ésta entre Felipe V y su primo Luis XV, el duque de Berwick invadiera con sus irlandeses y su “ikurriña” las provincias vascongadas donde tomó por asalto Fuenterrabía.
En Buenos Aires también y en plena guerra española, mientras Maeztu moría en Madrid a mano airada, desarrolló la idea de la Hispanidad otro gran español, don Manuel García Morente. García Morente simboliza la “índole íntima del hombre hispánico” en la figura del “caballero cristiano”, y esa figura - él mismo lo confiesa y proclama - la toma de otro vasco que no es un vasco cualquiera: San Ignacio de Loyola.
Entre el caballero cristiano de Loyola y el hombre de acción de Baroja está ese navegante solitario de nuestra época que es el capitán Etayo. Gerifalte de antaño visto al resplandor de la hoguera entre los cruzados de la Causa, el capitán Etayo pasea por los cinco mares las barbas de Valle-Inclán. El capitán Etayo ha visto monstruos marinos en el Mar de los Sargazos y ha peleado a las órdenes del Apóstol entre las piedras del Cuzco. Al capitán Etayo no puede venir nadie a contarle el viaje de Orellana ni la travesía del Darién, pues lo que otros hemos leído en los libros, él lo ha vivido en una carraca o en una balsa. El capitán Etayo es contemporáneo riguroso de aquellos paisanos suyos que estaban tan locos que emprendieron una epopeya cristiana y acabaron por inventar la Hispanidad.

Wednesday, May 21, 2008

Adrados y el vascuence

Este texto ya es un clásicoRodríguez Adrados: “El euskera, ahora toca”
elmanifiesto.com21 de mayo de 2008
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

En esa especie de turno de acoso a la lengua española, los políticos vascos aprietan ahora los tornillos del euskera (o vasco, palabra indoeuropea, «los de las alturas»). Parece que les toca. Legislación impositiva, obligatoriedades en la enseñanza, confusión, presiones a los padres, propaganda. «Cuotas». Todo para expulsar al español de la enseñanza y de la administración, de todo.

Desgraciados sus hablantes, que allí lo son todos. Y es su lengua de cultura, la segunda lengua internacional del mundo, la que permite entenderse entre sí a todos. Los gobiernos de España miran a otro lado. El artículo 3 de la Constitución (obligación de conocer el castellano y derecho a usarlo), queda puenteado.

El Sr. Ibarreche, que no ganó las elecciones (nunca los nacionalistas las ganaron en ninguna parte) y es el héroe de una autodeterminación ilegal, lanza leyes educativas que imponen, casi, la enseñanza en euskera. El que no la quiera, que se vaya a los «centros especiales» (casi dan ganas). Todos, a someterse a imposiciones y cuotas. Y a sufrir un gran dolor de cabeza. Eso leo.

Nos gustaría saber cuál es la razón de esas imposiciones. ¿Motivos históricos? ¿Necesidades sociales? ¿Utilidad para la comunicación? ¿Exigencia del pueblo? Yo diría que no.

Normalmente se echa mano de la historia: se trata de la lengua del pueblo vasco, símbolo de su soberanía, de poner fin a la supuesta opresión. Veamos.

El euskera nos es presentado con un halo de Antigüedad que, según algunos, llegaba a Adán y Eva, Hugo Schuhardt la rebajaba a los iberos. Pues tampoco, nadie lo cree ya. Pero es parte del mito de los independentistas desde en torno al 1900.

Los lingüistas somos hoy más pragmáticos. Lean a Caro, a Michelena, a Tovar, a Villar, a otros más, incluso yo he escrito sobre esto. El euskera es, sí, una lengua no indoeuropea, pero no hay datos seguros de parentesco con otras lenguas ni de su exacta antigüedad.

Sin duda es una lengua de inmigrantes seminómadas, semi-agricultores que vinieron del Este, de la llanura rusa o el Cáucaso o más allá en oleadas sucesivas desde el quinto milenio a. C.: como los indoeuropeos y los finougrios (de donde el finés y el húngaro). Todos, sus antepasados y los de nosotros los indoeuropeos, más o menos iguales en cultura y antigüedad. Más tarde llegaron desde Asia pueblos como los hunos, después los altaicos (de donde los búlgaros no indoeuropeos y el turco), luego los tártaros y otros.

Asia es una vasta matriz de pueblos, desde ella fue poblada Europa en las fechas indicadas, de los anteriores europeos nada tenemos sino sus huesos. Nada de sus lenguas.

Los vascos son captables por nosotros, históricamente, por fuentes griegas y romanas desde en torno al cambio de era (Estrabón, Plinio), en la región de Hispania que sabemos. Pero apenas existen topónimos euskéricos en esa zona, casi todos son indoeuropeos, celtas, ibéricos o latinos. Hay estudios recientes. A juzgar por topónimos y antropónimos antiguos, los vascos llegaron primero a Aquitania, donde los celtas, hacia el 800 o el 500 a. C., los arrinconaron junto al mar. Sólo luego, como tantos pueblos, bajaron hacia el Sur.

Seguramente hacia el siglo I antes de Cristo llegaron a su ángulo de Hispania, algo se expandieron luego en la Edad Media. Esto es lo que creen hoy los más de los lingüistas. Y los genetistas nos dicen que sus genes no difieren sustancialmente de los de sus vecinos.

Esto es lo que puede suponerse sobre los vascos en el S.O. de las Galias y su región de España: eran un pueblo y una lengua llegados del Este junto con tantos otros pueblos, rodeados aquí por indoeuropeos varios, celtas y romanos. No mitifiquemos. El origen y la historia del euskera son, en Europa, paralelos a los de tantas lenguas, las indoeuropeas entre ellas. Lo más original es que sobrevivieron dentro de ese entorno. Trajano prefirió dejarles tranquilos, estaban a trasmano, se fue a los dacios y los nabateos. Y ellos se defendieron de los godos.

Eso sí, absorbían palabras del celta, del latín (y el Cristianismo), luego del castellano. Para decir «paz», «chistu», «cerro», «pozo», «pecado», «seda», «cardar», «yunque», «cruz», «cuerpo», «tiempo», «cielo» tuvieron que acudir al latín; para «independencia», «aeropuerto», al castellano.

No es un desdoro. Era un pueblo iliterato en cuya lengua influían las lenguas de cultura vecinas.

Del euskera sabemos palabras sueltas desde el siglo X, algunas desde antes, en inscripciones latinas tardías. Y nombres de lugar y de persona, rarísimos en Hispania. Textos escritos no los hay hasta el siglo XVI y pocos: traducciones del latín, refranes, sentencias, literatura popular.

Era una suma de dialectos para uso interno, oral, campesino y marinero. Todos o casi todos, a partir de un momento, hablaban (y escribían) en español y francés, lenguas cultas y escritas desde la Edad Media, el siglo XI, al menos.

Y nunca fueron los vascos una nación en sentido político: eran tribus que nunca llegaron a constituir un reino, se integraron en el de Castilla. Al lado de los castellanos luchó en las Navas de Tolosa, en 1212, el señor de Vizcaya, López de Haro. Como súbditos de Carlos V, de Felipe II y los demás, fueron los vascos a América. Hicieron grandes hazañas como navegantes y conquistadores. ¿Quién no ha oído de Elcano, de Legazpi, de Urdaneta, de los demás? Eran admirables. Igual el Obispo Zumárraga de México y los que dejaron espléndida descendencia en toda América.

¿Y la lengua? El castellano era la de todos. El vasco (o euskera o euscaldún o vizcaíno...), dividido en dialectos, era algo local y familiar. Zumárraga añadía a sus cartas latinas unas frases en vasco. Era y ha seguido siendo una lengua, oral sobre todo, campesina y marinera. Nadie se oponía a que la hablaran los que la habían mamado y los que quisieran, pero la lengua de cultura y relación amplia era el castellano.

Esto ha sido el vasco, hasta ayer, como quien dice. Y una nación vasca en sentido político con una lengua culta, escrita, lengua de todos, nunca ha existido. Trabajosamente ahora han hecho una lengua unificada y tratan de convertirla en lengua general de comunicación y de imponerla como sea. Que no presenten esa política como la reconstrucción de un pasado.

No están recreando nada. Están, miméticamente, inventando, imponiendo algo. Y aquella lengua a la que quieren arrinconar es su lengua de comunicación y de cultura, la de su historia y sociedad. Aíslan al País Vasco, lo dejan, si es que pueden, prácticamente, en un vacío. Imponen lo minoritario, arrinconan lo verdaderamente vivo.

Pequeñas minorías politizadas, incultas, interesadas, se han apoderado del campo y a una lengua entrañable, que los políticos apenas conocían, la convierten en un arma. Y el caso es que no vale ni como lengua general ni para comunicarse con el mundo. Por muchos tesoros científicos que guarde para los lingüistas.

Tratan de expulsar al español, una lengua útil para todos. De convertir una región próspera en un aislado fondo de saco. De hacer difícil la cultura y la vida. Atormentan al niño con una lengua que difícilmente aprenderá, ni le interesa las más veces, y que le ocupa el espacio mental que necesita para otras cosas.

En fin, un mito impuesto trae una inquisición: los grandes vascos de otro tiempo no son ya ni mencionados. Ni los grandes vascos modernos que escribían, ¡cómo no!, en español. Unamuno, Baroja, Julio Caro, un larguísimo etc...

Sr. Ibarreche, deje vivir a la gente. Y contra el euskera nada tenemos, al contrario. Déjelo para sus hablantes. Imponerlo forzadamente a los demás, ignorando los hechos, no es de recibo. Con esa política pierden todos. Dejen los mitos y la intolerancia. Y el Gobierno español debe cumplir su papel propio.

Artículo publicado en ABC el 16 de mayo de 2008

Legitimidad

Véase Análisis Digital

Saturday, May 17, 2008

Una víctima del Progreso

El sesmo de Bernardo Víctor
Bernardo Víctor Carande acometió en su vida muchas empresas; quiso ser agricultor, literato, fotógrafo, pintor y padre de familia, y en todas ellas tuvo, como tenemos todos, aciertos y fallos. Siempre el éxito nos viene por donde menos lo esperamos y a él le vino por sus hijos: dos hembras y un varón, una funcionaria internacional y dos latinistas. Entre los tres se han puesto a la tarea de recordar a su padre de la mejor de las maneras: dando a la estampa muchos de los escritos que dejó al morir aburrido de la vida, él que con tan buen pie había entrado en ella.
No es este libro, Extremadura sesmo a sesmo, con un título muy a lo Eugenio Noel, el primero que sacan tras su muerte, pero es tal vez hasta ahora el más simpático y logrado. A Victoria, que vive en Luxemburgo o en Bruselas y que ya editó las bellas memorias de su abuela María Rosa de la Torre, se debe la bonita viñeta de la portada, con su rojo de tejas y su verde de encina y su blanco de cal con sombra azul; de Rocío la latinista es el prólogo, más que emocionante, y en cuanto al otro latinista, Manuel, que profesa en un instituto del bantustán galaico, me figuro que debe de estar dándole vueltas a la idea de traducir el libro al portugués macarrónico impuesto por los hijos de Breogán.
Bernardo Víctor ha oído las campanas de la Ilustración y leído mucho a los del 98 y, enamorado de la tierra que le cupo en suerte, Extremadura, le dedica unos breves y amenos comentarios aparecidos con periodicidad rigurosa en un diario de Badajoz. Esos comentarios los comparte Extremadura con Portugal y con la Sierra de Aracena, ya que el sesmo en que vivía y soñaba Bernardo Víctor era un sesmo ideal a caballo entre Portugal, Extremadura y Andalucía. Uno de los comentarios consiste en establecer Comparaciones entre portugueses y españoles en los que, con toda la razón, nosotros salimos perdiendo. “Se llega uno a Portugal y las carreteras tienen…árboles.( …) Se entra en un bar y… no tienen la tele puesta… Tampoco los clientes hablan a gritos…Los portugueses…son…amables. (…) Hasta mantienen la costumbre, ya perdida a este lado de la frontera, de celebrar los domingos.” En cuanto a las figuras del paisaje, lo mismo alterna un gañán de cortijo con un erudito local que Columela con Bienvenida el Papa Negro, que Arias Montano con Emilio García Gómez o Miguel Torga con Leopardi. Leopardi llega de la mano de su traductor sevillano don Miguel Romero Martínez, como llega Godoy de la de quien esto escribe, a propósito del obelisco que mandó erigir en la colina romana del Celio.
A Bernardo Víctor le preocupa el que el español en general y el extremeño en particular no sea aficionado a la lectura, y a este respecto se hace eco de unas opiniones del poeta José Ángel Valente en El País que sin embargo se refieren menos a los que no leen libros que a los que los escriben, de los que dice: “…a mí me impresiona mucho la domesticación de la clase intelectual de este país. Están temiendo decir las cosas por si no les hacen académicos o no les dan este u otro premio… Y así hemos llegado hasta la Generación Loewe… Entre unos y otros hicieron que la literatura se convirtiera en algo negociado donde lo que se pactaba era la inclusión en antologías”. No es mal diagnóstico del conformismo de los intelectuales orgánicos de la democracia, entre los que Valente por cierto tuvo vara alta mientras vivió. Bernardo Víctor tenía pues más motivos que Valente para hacer suyas esas opiniones, pues no puede decirse que la democracia correspondiera al amor que sentía por ella, un amor que le hacía proclamarse afrancesado, amadeísta, ruizzorrillesco, adorar a Godoy y añorar a la UCD. El cree que los “males de la patria”, que diría don Lucas Mallada, se curan con “cultura y educación”. No estoy yo mismo libre de culpa; también yo he llegado a pensar que antes de decir “un hombre, un voto”, se debería decir “un hombre, un libro”. De abrirme los ojos se encargaría el padre de Bernardo Víctor, don Ramón, cuando dijo aquello de que “al pueblo español hay dos cosas que no le gustan: que lo eduquen y que lo hagan trabajar.”
Son muchas las reticencias sin embargo las que este progresista en el sentido convencional del término abriga frente al progreso, que no resultaría muy compatible con su ideal de apacible vida de agricultor ilustrado, reconvertido a palos, como el médico de Molière, en empresario que ya no espera que llueva, sino que lleguen subvenciones. De ahí que haga suyos también los versos de Leopardi traducidos por Unamuno: "Mírate aquí y estúdiate,/ siglo soberbio y necio...Te jactas del retorno / y lo llamas progreso."
Dudo mucho que este libro tan bellamente editado tenga la difusión que merece, y no porque en Extremadura haya más o menos afición a la lectura, sino por el carácter oficial de su sello editorial: la Editora Regional de Extremadura, dependiente de la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Extremadura. En general estas entidades, a las que hay que sumar las Cajas de Ahorro y Montes de Piedad, Paz y Perdón, no se molestan en distribuir y promocionar los libros que publican. Ojalá esta obra sea la excepción. Nunca he deseado tanto equivocarme en un pronóstico.

Wednesday, May 14, 2008

Tuesday, May 13, 2008

Lecturas secretas

Véase Análisis Digital

La hora secreta

Lo eterno en lo fugaz
Si hay hoy un poeta que nunca haya dado una nota falsa, ése es Juan Lamillar, y quién sabe si esa cualidad la debe a su afición a la música. Ignoro si tiene formación musical, si ha cursado estudios musicales, pero me constan su afición, su erudición y su buen gusto. Cualquiera de sus libros de versos, y el último hasta la fecha, La hora secreta, muy en particular, da la impresión de haber sido escrito por alguien que domina al dedillo el contrapunto y la armonía. No se trata ni mucho menos de una musicalidad externa y verbal, sino de un rigor constructivo al servicio de una severa meditación sobre el tiempo y la muerte. La muerte está vista menos como tránsito y como fin que como contrapunto de la vida. El memento mori del poeta lo lleva a poner en las cosas bellas de que se rodea la permanencia de fugaces momentos de belleza. Un buen ejemplo es el poema Los membrillos, donde dice: No habrá nostalgia de la luz huida: / prisionero su eco permanece/ en el centro redondo de la fruta. Y es que también en la pintura, en el dibujo busca el poeta con el mismo rigor la musicalidad de lo permanente. Este poema es un bodegón en el que toda la luz de noviembre se concentra en unas frutas que dan color, serenidad y aroma, y que hace pensar en los membrillos o manzanas que Schiller guardaba en un cajón de su escritorio.
Escritos en Galicia algunos de estos versos, no puede faltar en ellos la lluvia, una lluvia que fertiliza el tiempo, que resucita las mañanas de la niñez, que es el llanto de los locos, que escribe entre las tumbas los nombres de los náufragos.
Hay entre todos un poema que me es especialmente próximo y es el que dedica a una visita a la tumba de Paulina Crusat, sobre la que deposita una rosa. Esta meditación entre los mármoles me trae además a la memoria otra meditación suya entre las cruces del pequeño cementerio de soldados alemanes en Yuste, que visité después de leer los versos de Lamillar. En Yuste el poeta se detenía ante nombres desconocidos y vidas truncadas; en Sevilla busca un nombre entre los mármoles, el de alguien cuya larga vida fue puesta duramente a prueba sin que nunca perdiera la fe ni la esperanza. Y sobre la permanencia de la muerte y la dureza del mármol pone el poeta la gloria efímera de unos pétalos de rosa. Creo que era Goethe el que decía que hacer poesía es captar lo eterno en lo fugaz.

Monday, May 12, 2008

De principalibus

"No confiéis en los príncipes..." (SALMOS, V, 145)

Saturday, May 10, 2008

Totem y tabú


"La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero" (Juan de Mairena)

Véase Libertad Digital

Thursday, May 08, 2008

Solicitud de baja

“Viñamarina”, a 8 de mayo de 2008

Sr. Presidente de la Asociación
de Milicias Navales Universitarias
c/ Mayor, 16 – 1º
28013 Madrid


Distinguido y estimado amigo:

La decisión de pedir la baja en esa Asociación a la que he tenido el honor de pertenecer es una de las pocas medidas a mi alcance para mostrar mi disconformidad con el envilecimiento de todo cuanto signifique milicia en el lamentable sistema político que padece nuestra patria. La pasividad con la que las Fuerzas Armadas o lo que quede de ellas aceptan que se vulnere la Constitución no es algo que resulte cómodo ni grato a quienes tenemos a honra haber jurado bandera en tiempos en que la unidad de España no era ni “discutida ni discutible”.

En la seguridad de que te harás cargo de mi estado de ánimo, recibe un cordial saludo de




Aquilino Duque

Wednesday, May 07, 2008

Dos personajes para Girard

Dos personajes para René Girard

La clase política en su totalidad suele aprovechar el paso a mejor vida de uno cualquiera de los suyos, sea del partido que sea, para elogiarse a sí misma en las honras fúnebres que tributa al muerto. No importa que en vida le tiraran a degüello, empezando por los de su mismo partido. En la capilla ardiente, todos los “padres de la patria” a una dicen del difunto lo que quieren que piense de ellos eso que llaman “la ciudadanía”. Los primeros en observarlo y denunciarlo son naturalmente los periodistas, otros que tales, tan corporativos ellos.
Este comportamiento, por el que una corporación se absuelve de sus pecados al absolver al colega desaparecido, es la otra cara del rito en cuya virtud la sociedad se exonera de sus culpas al condenar por unanimidad a la víctima propiciatoria.
La historia de nuestra lamentable democracia tiene un episodio en el que ambas figuras coinciden bajo el mismo techo, el del Congreso de los Diputados, en un lance pintoresco en el que uno de ellos culmina su carrera política y el otro pierde su carrera militar, siendo así que no son más que peones prescindibles de la partida de ajedrez jugada aquella noche. De esa partida de ajedrez sabemos tanto como del golpe de mano de marzo de 2004, es decir, todo lo que sus beneficiarios quieren hacernos creer. De los dos personajes, uno, Leopoldo, que reforzó sus méritos personales con un guión en su apellido, fue en aquella ocasión un convidado de piedra y duró en el poder lo justo para ver la desintegración de su partido y ser barrido en las urnas por los ganadores de la partida del 23 de febrero, los mismos, qué casualidad, que saldrían ganando el 11 de marzo. El otro pasaría a la historia dando nombre a una intentona en la que no fue más que un modesto comparsa y en la que le tocó hacer el papel del sargento Vázquez en la revolución del 34 en Asturias: el de chivo emisario, el de víctima propiciatoria. René Girard lo explicaría mucho mejor.

Sunday, May 04, 2008