Sunday, March 30, 2008

Wednesday, March 26, 2008

Sunday, March 23, 2008

Saturday, March 22, 2008

Sombra chinesca



Hace unos años, viajando por la China, se me acercó un sujeto armado de unas grandes tijeras y agitando unos papeles pidiéndome que le permitiera retratarme. Le dije que no y seguí mi camino, pero él no cejó en su empeño y a la vez que hablaba recortaba papel con las tijeras; miré de reojo y vi lo que aquel artista ambulante había hecho sobre la marcha. En el Oriente el artista suele ser anónimo. También aquel chino lo fue para mí, pero en todo caso para él mi recuerdo y mi homenaje.

Tuesday, March 18, 2008

Monday, March 17, 2008

Friday, March 14, 2008

La despedida de Carmen Gippini

Carmen Gippini, la madre de Enrique Sotomayor
Allá por 1951 o 1952 llegó a Sevilla un joven médico bilbaíno que se llamaba Vicente Arenal y estaba emparentado con la familia de don Ramón Carande, con cuyo hijo Bernardo y otros amigos universitarios andaba yo metido en los trabajos fundacionales de la revista Aljibe. En la consulta que abrió en uno de los pisos del América Palace, junto al Prado de San Sebastián y la Estación de Autobuses, amueblado aún con unas rústicas sillas de enea con los barrotes pintados de azul, organizó una tertulia literaria a la que nos llevó Bernardo y en la que por cierto el anfitrión hizo un gran elogio de El bosque animado de Fernández Flórez, autor poco estimado de la juventud rebelde en cuyas filas Bernardo militó hasta el fin de sus días. Arenal admiraba mucho a los grandes poetas de su tierra y de su edad, Celaya y Otero, y asistió a la lectura que hicieron en el Club La Rábida los poetas cordobeses Julio Aumente, Ricardo Molina y Pablo García Baena, al concluir la cual me comentó que aquella poesía no le había gustado “un pimiento”. Vicente Arenal – lo supe al cabo de los años – había hecho la guerra en las brigadas de Navarra, en el mismo bando de los poetas que admiraba, pasados luego al bando contrario.
Algo más de veinte años después, trabé conocimiento en Madrid con otro pariente de los Carande, Javier Martínez de Bedoya, casado con Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, que me regaló un libro suyo sobre “Marcuse y el socialismo”, subtitulado El socialismo imposible. Vivía en General Sanjurjo, hoy Abascal, donde conocí a Mercedes, y me invitó a comer en un restaurante de la plaza de San Amaro que se llamaba La Marmite, propiedad de la hija que tuvo con Mercedes.
Unos años más tarde, mi amigo José María Alberich Sotomayor me obsequió con un ejemplar de las Memorias de una madre, de Carmen Gippini. Estas memorias, escritas sin otro propósito que dejar constancia de la vida familiar a su numerosa descendencia – tuvo diez hijos e innumerables sobrinos y nietos - , son una historia de una familia, desde luego, y además, el retrato fiel de una época. Nacida en Madrid, entre la iglesia de San José y lo que entonces era el Teatro Apolo, empieza dando cuenta de lo que era la vida artística y social en torno a este teatro y puede decirse que además contempla desde el palco preferente que son sus balcones a la calle de Alcalá, el espectáculo, rico en golpes de teatro, de la Historia de España en la primera mitad del siglo XX: el atentado contra el Rey en el día de su boda, la huelga general revolucionaria del 17, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la segunda República y el rosario de desmanes que culminó en la guerra civil, que le pilló a ella en Algorta y a su madre en Pinto. El ambiente social en que se movía la hizo intimar con la familia Besteiro o con Lolita Rivas Cherif, con el tiempo esposa de don Manuel Azaña. Por las páginas de estos recuerdos pasa una galería de personajes conocidos e importantes en la vida pública, vistos en la juventud o en la intimidad. Muchos han sido ya olvidados, y a todos los eclipsa uno de los hijos de la autora, Enrique Sotomayor, caído en plena juventud en el frente ruso y a quien Dionisio Ridruejo nos retrata en unos trazos inolvidables en sus recuerdos de la División Azul. Sobre Enrique Sotomayor hay mucho que decir, y ojalá lleguen a buen puerto las gestiones en marcha desde que pasaron por mis manos los papeles que conservaba la familia.
Otro personaje, amigo de la familia, que aparece en el Bilbao que aguarda su liberación por las tropas nacionales, es precisamente el padre de mi difunto amigo Vicente Arenal, el notario don Celestino Arenal García de Enterría, casado con doña Felisa Martínez de Bedoya y Martínez Carande, apellidos maternos que se unen en el académico don Eduardo, teórico si mal no recuerdo del engendro de las autonomías, y explican el parentesco de éste con el marido de Mercedes Sanz y con mi fraternal amigo Bernardo Víctor. No sé por qué esta anécdota menor cobra para mí esta importancia en un libro lleno de noticias estupendas, como no sea porque por su llaneza y su claridad y su elegancia expresiva me recuerda otras memorias más recientes: las de la madre de Bernardo Víctor, María Rosa de la Torre Millares, sobre su primera juventud en Las Palmas de Gran Canaria. María Rosa hizo su entrada en el Madrid recién liberado tocada de boina roja y acompañada de Javier Martínez de Bedoya. Su marido don Ramón los esperaba en el Banco Urquijo.
Carmen Gippini dejó antes de morir unos versos, que han llegado a mis manos desde las mismas que me hicieron llegar sus Memorias y los papeles de su hijo Enrique: su yerno y sobrino José María Alberich Sotomayor, y esos versos, que sin duda harán suyos en estos tiempos borrascosos muchos españoles de bien y que ahora reproduzco, me han inducido a la divagación precedente, acaso prolija, pero imprescindible a mi juicio para destacar la personalidad de la autora.

La despedida de Carmen Gippini (1896-1988)

Cuando yo me muera
nadie sienta pena.
Me marcho del mundo
tranquila y serena.
Mi misión cumplida
me da fortaleza.
Mi mundo se acaba
cuando el vuestro empieza.
Todo está cambiado
mi ley no es la vuestra
y lo que me asusta
y me da tristeza
es no comprenderos
ni que me comprendan.

Me voy con los míos,
con los que me esperan,
los que compartieron
mis mismas ideas,
con los que murieron
para defenderlas.
Dios, Patria, Familia
eran nuestro lema.
Ahora esas tres cosas
se olvidan y alejan
y yo no comprendo
el vivir sin ellas.
Por eso os repito
que no tengáis pena,
que cuando me vaya
cuando Dios lo quiera,
me iré con los míos,
con los que me esperan.

Wednesday, March 12, 2008

Escribe Enrique García-Máiquez

http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/76238/mejor/para/uno.html

MEJOR PARA MÍ

No se me nota, pero debo de haber alcanzado un grado de santidad impresionante. A pesar de que egoístamente el resultado de las elecciones me favorece muchísimo, me fastidia por mis prójimos y prójimas y por la sociedad en su conjunto. No voy a poner a estas alturas cara de pingüino y hacer un análisis aséptico, como si yo fuese un frío politólogo. Ésta es una columna de opinión y he venido opinando que el Gobierno de Zapatero era bastante mejorable. Por lo visto, una mayoría de mis compatriotas no opina igual. Bueno, pues mejor para mí.
No soy un feto de hasta veintitantas semanas ni un obrero de la construcción ni un dulce anciano al que en cualquier momento le puede caer Montes encima. No tengo tiernos hijitos adoctrinables ni vivo en una autonomía en que por hablar el español, que amo tanto, vayan a discriminarme o a multarme. No veo la televisión ni variará mi filosofía por lo que canten Saramago, Sabina o Chikilicuatre. O sea, que no pertenezco a ninguno de los grupos más inermes ante el zapaterismo. Podré resistirlo cuatro años. La España en la que creo, aunque no renuncio a hacerla realidad en la medida de lo posible, tiene más de arquetipo platónico que de sistema político, y por mucha ingeniería constitucional que le arreen, como ella reposa en mi biblioteca y en la historia, se mantendrá inalterable en lo sustancial.
A cambio, me resultará más fácil escribir artículos. En un atisbo de lucidez autocrítica dijo uno: “Contra Franco escribíamos mejor”. No es que Franco fuese la musa Calíope disfrazada de Generalísimo; es que contra el poder siempre se afila el ingenio, y los lectores —que aprecian el valor como en los toros— se emocionan más. Encima, ser un perdedor da un halo de melancolía que queda estupendo en literatura. Si hubiese gobernado el PP, ojo, lo habría criticado por supuesto, porque uno es católico y sentimental, y el PP es centro-reformista, sea eso lo que sea. Pero lo habría criticado —seamos sinceros— algo menos y más solo, pues mi público es, en buena medida, liberal-conservador, como se dice.
Lo que me interesa sobre todo es la batalla estética y moral. El Partido Popular no parecía muy dispuesto a darla (recordemos a Rajoy afirmando que “todo es economía”) ni un montón de españoles se muestra incómodo con el progresismo, esto es, con la batalla ideológica que va ganando Zapatero a favor de una inversión radical del modelo de sociedad. La noche del domingo me acosté triste porque soy muy bondadoso y pensé en el prójimo, pero también esperanzado. Recordé esta frase de Chesterton: “La mejor manera de destruir la utopía es establecerla”.

Tuesday, March 11, 2008

El Zaratrusta de Burguete

Con Z de Zorrapastro
En su insuperable libro Nietzsche en España, el profesor Gonzalo Sobejano dedica unas páginas al militar don Ricardo Burguete, “uno de los eslabones entre la teoría de Costa y la práctica de Primo de Rivera”. Siendo comandante, llevó a Baroja, Azorín y Maeztu a visitar al general Polavieja para proponerle “una dictadura liberal, técnica y antiparlamentaria”. Su hoja de servicios era impresionante: Marruecos, Cuba, Filipinas, Laureada y dos ascensos, a capitán y a comandante, por méritos de guerra. Siendo ya general, dirigió la represión en Asturias de la huelga revolucionaria de 1917, por lo que, al llegar la República, se le denegó el ingreso en la Agrupación Socialista Madrileña, y eso que había sido hostil a la Dictadura. Poco antes de morir, en Valencia en 1938, donde el Frente Popular lo había puesto al frente de un comité o negociado de la Cruz Roja, le escribió a Queipo de Llano una carta de esas que envilecen más al remitente que al destinatario.
Su bibliografía es tan impresionante como su hoja de servicios, y uno de sus títulos más conocidos es Así hablaba Zorrapastro. Zorrapastro es el Zaratustra de Burguete, un Zaratustra que predica la fuerza y la voluntad a una España encharcada en un nirvana político y social. Zorrapastro exalta la guerra y el valor y afirma que “han hecho cosas más grandes que el amor al prójimo”.
Como puede verse, Burguete no caricaturiza al personaje de Nietzsche, sino que procura adaptarlo a tierra de garbanzos y da a entender de paso que es una reencarnación de la zorra y el cerdo. Y es este ejemplar zoológico el que predica “el culto a la personalidad egregia”, pues “nada es un pueblo hasta que no lo contiene en sí un grande hombre”.
Ni Primo de Rivera ni los alzados de 1936 reunían esas cualidades ni eran dignos a los ojos de Burguete de encarnar a Zorrapastro. ¿Será por ventura ZP el Zorrapastro que pedía Burguete?

Monday, March 10, 2008

Resaca electoral

Resaca electoral
Decía Julián Marías – aliquando dormitat Homerus - que, en la guerra civil, los perdedores merecieron perder pero los ganadores no merecieron ganar. Algo de eso y con más propiedad habría que decir en los últimos comicios de esta España invertida del primer cuarto del siglo XXI. El que más y el que menos votó al Partido Popular como el que se agarra a un clavo ardiendo, para amortiguar o frenar el proceso de degradación moral, social y político de la nación. La “ciudadanía”, a la que la nación le importa un bledo y de cuya historia no tiene ni batasuna idea, ha optado con su fino instinto por el continuismo socialista. Cuando empezó la lucha política recién sancionada la Constitución, a mí me pareció, al ver a la UCD a la defensiva ante el PSOE, que era éste el partido llamado a usufructuar el nuevo régimen, y cuando llegó por fin al poder y demostró con hechos en qué consistía su centenaria honradez, acuñé un lema que, de haberse aceptado y utilizado, habría evitado que la derecha vergonzante lo suplantara durante un par de legislaturas. Ese lema era Vota al PSOE manque trinque.
“Trincar” es lo más venial que el PSOE ha hecho en estos últimos cuatro años, a pesar de lo cual la “ciudadanía” le reiteraría su confianza, indudablemente conmovida por la oportuna intervención del terrorismo antiespañolista. Habló Blas, punto redondo. El Blas del dicho es lo que llaman “el pueblo”, y el pueblo es, como decía Mussolini, “aquella parte de la nación que no sabe lo que quiere” y, añado yo, acaba queriendo lo mismo que quiere “el que sabe más porque manda más y siempre tiene la razón”, como dijo también el mismo personaje, que antes que fascista había sido socialista y conocía el paño.
El socialismo, al alzarse con los votos de la extrema izquierda, deja a la intemperie a los partidos que la representaban, superfluos hoy y redundantes, ya que un gran partido como el PSOE puede perseguir sus mismos fines con mayor eficacia, máxime no teniendo como no tiene complejos centristas. Pas d’ennemi à gauche, es una vieja consigna que el PSOE hace realidad.
Para la derecha vergonzante en cambio no hay peores enemigos que los situados a su derecha, englobados todos en una “extrema derecha” que no es más que una galaxia de asteroides insignificantes. La derecha vergonzante aspira a ocupar el centro del espectro político, de un espectro que tiene izquierda y extrema izquierda, refundidas ahora, pero que vade retro! no tiene derecha a su derecha. Esa falta de apoyo del “centro” acaso explique la escasa eficacia de una Oposición que a veces da la impresión de que sólo aspira a congraciarse con sus enemigos para no verse a su vez en las tinieblas exteriores de la democracia parlamentaria. Y es que para la democracia parlamentaria, o la “corrección política”, son anatema los valores y los principios que podrían vertebrar a la derecha y darle el vigor de que carece. Para ello la derecha tendría que asumir toda su historia, que ha tenido momentos de gloria, del mismo modo que la izquierda asume y reivindica la suya aun en sus aspectos más siniestros.
No hay que ser zahorí para prever el anunciado descuartizamiento de la nación desde el poder, con el socialismo en contubernio con los separatistas, que juntos tendrán la mayoría absoluta para ordenar al Tribunal Constitucional que dé por bueno el estatuto catalán y mire para otro lado cuando Ibarreche convoque su referéndum “ilegal”.
La salvación de la patria no está pues garantizada por la composición del Parlamento, donde es más probable que el PSOE se entienda con CiU y el PNV antes que con el PP.
No sé si Rosa Díez será el aguijón que despabile al PP, pero, en su defecto, existe ya en la calle una oposición que, ya en la anterior legislatura, defendió con más gallardía que el PP los valores y los principios por los que éste debería batirse, un movimiento cívico integrado por la Conferencia Episcopal, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, los insumisos contra la manipulación ideológica de la infancia, rayana en la corrupción de menores, y los adversarios de la cultura de la muerte: aborto, eutanasia y mariconio. Y como estamos en vísperas de Semana Santa, pongo fin a estas reflexiones con una saeta que la Niña de la Alfalfa le cantó a la Virgen de la Estrella cuando hizo estación desafiando al laicismo agresivo de la recién proclamada Segunda República:
Que España ya no es cristiana.
Han dicho en el banco azul
que España ya no es cristiana.
Aunque sea republicana
aquí quien manda eres tú,
Estrella de la mañana.

Tuesday, March 04, 2008

Monday, March 03, 2008

Regeneracionismo

Regeneracionismo
El nunca bien ponderado don Julio Caro Baroja le decía en la Academia de la Historia a un académico de provincias: “Desengáñese, amigo mío, la Academia es un melonar”. Otras Academias no le van a la zaga, y en una de ellas, después de escuchar una ponencia sobre el I Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada en 1922, uno de los asistentes comentó que ese Concurso no habría sido posible pocos años después, porque la Dictadura no lo habría permitido. “¿Y cuándo se celebró en Sevilla la célebre reunión de los poetas del 27?”, preguntó alguien. No sé qué melonada replicó este idiota, palabra que hay que tomar en la acepción que le daba Antonio de Nebrija, que es la de individuo que “sólo sabe de lo suyo” en lo que puede ser muy bien un pozo de ciencia. Es frecuente entre los conversos a la democracia echarse a temblar cada vez que oyen la palabra dictadura, a diferencia de lo que ocurre a algunos demócratas de toda la vida cuyos saberes no se reducen a los de su especialidad académica. Uno de éstos es Ramón Tamames, autor de un documentado estudio sobre la Dictadura de Primo de Rivera*, del que se desprende que fue bajo este régimen, de seis años de duración, bajo el que España conoció el primer período de estabilidad, prosperidad y justicia social del siglo XX, y cuyas líneas maestras, rotas con el “error Berenguer” y la segunda República, sirvieron de guía a la otra “dictadura”, la de Franco, que supo además sacar partido de los errores de la anterior. La de Primo empezó modestamente como una “letra a noventa días” que por inercia se renovó hasta el agotamiento. La nueva en cambio afirmó su carácter vitalicio pues, aparte de no venir de un golpe de Estado incruento, sino de una cruenta guerra civil, tuvo entre otros aciertos el de no dejarse “borbonear”.
La “víctima” en ambos casos fue una Constitución. A los que le acusaban de ser uno de los enterradores de la Constitución de Weimar, replicaba Carl Schmitt que si él contribuyó a enterrarla, fue porque otros la habían matado antes. La Constitución de 1876 duró lo que duró el inventor de la “fantasmagoría” del “turno pacífico”, el “encasillado” y otras lindezas y se produjo la mitosis o carioquinesis de los dos grandes partidos turnantes. Era ya un tejido muerto cuando Primo de Rivera la dejó en suspenso y los españoles se lo agradecieron. La del 31 fue usufructuada desde un primer momento por los republicanos confesionales que hicieron con ella mangas y capirotes, notablemente al destituir a su Presidente. No creo que, ya en guerra, estuviera muy vigente en la zona que, por inercia, se autodenominó “gubernamental” o “republicana”.
Las Constituciones en general tienen una duración muy limitada; si se me apura mucho, la vigencia de cada una no va mucho más allá de la generación que le dio el ser. La excepción la constituyen las anglosajonas. La más antigua, la inglesa, es una Constitución no escrita, pues los ingleses saben muy bien que lo permanente es el espíritu de las leyes, por decirlo con palabras de Montesquieu, no la letra, expuesta a infinitas interpretaciones o “lecturas”, como se dice ahora. Los norteamericanos, más ingenuos, pero igualmente prácticos, han hecho durar la suya a base de enmiendas sucesivas.
La española de 1978 es un caso patético, y es el símbolo por excelencia de uno de los delitos más populares de nuestra democracia: lo que antes se llamaba “malos tratos” y ahora de denomina “violencia de género”. No hay violencia que se le haya escatimado a nuestra Ley de Leyes, y lo más curioso es que a la cabeza de los violadores, por acción o por omisión, figure el Tribunal encargado de tutelar su virginidad. Desde el caso Rumasa al Estatuto catalán, ese Tribunal, reflejo del Poder legislativo, perpetra o refrenda actos de unos “padres de la patria” que consideran, como la cosa más natural del mundo, que quien hizo la ley hizo la trampa.
Alfonso XIII, acusado de perjuro por las Constituyentes republicanas, le confesó a su biógrafo Julián Cortés Cavanillas: “Acaso de lo único que tenga que arrepentirme es de haber observado escrupulosamente los artículos de la Constitución en aquellos años”, es decir, todos aquellos en que la Carta Magna hacía agua por todas partes. Su nieto, el monarca actual, no corre el riesgo de que se le acuse de lo que acusaron a su abuelo por la sencilla razón de que él no juró la actual Constitución, sino que se limitó a sancionarla, dado que fue la Monarquía la que trajo la Constitución, no la Constitución la que trajo la Monarquía.
No se me interprete mal, que de sobra sé que la Historia no se repite. Ni otra dictadura ni otra república iba a hacer otra cosa que agravar los males de la patria, y es que, en los tiempos que corren, una dictadura sería todo lo contrario de lo que fueron las de Primo de Rivera y de Franco; sería una dictadura caribe, y ya saldría alguien dispuesto a recoger la antorcha que aún arde en el puño agonizante de Castro. Tampoco sería muy distinta esa república presidencialista con que sueñan muchos ingenuos.
No soy, pues, partidario de abolir la Constitución, sino de ponerla a salvo de los que abusan de ella y le han perdido todo el respeto. También soy partidario de sanearla y desintoxicarla, pues con ella en la mano es aún perfectamente posible evitar el desguace de la nación.

* Ramón Tamames. Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo. Planeta. Barcelona, 2008.