Friday, August 18, 2017

El progreso indefinido

Envío de un lector de este cuaderno de bitácora:

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Monday, August 14, 2017

Tarde de toros en El Puerto

Los versos que figuran debajo de la frase de Joselito el Gallo no fueron escritos en 1958, sino en 1951 y en la Escuela de Suboficiales (antigua Escuela Naval), de San Fernando,  donde cursaba el primer verano de la Milicia Naval Universitaria y cuando aún no había pisado las calles del Puerto ni visto su plaza. Fernando Quiñones, que trabajaba en La Voz del Sur, no perdió un segundo en publicármelos en sus páginas. Desde entonces mi relación con El Puerto es una larga historia de amor amenizada de corridas memorables. La última fue entretenida. Los toros de Núñez del Cuvillo no pasaron del primer puyazo y tardaron en morir, menos uno, que el jerezano de Olivenza Ginés Marín acertó a despenar con guapeza, lo que le valió la única oreja de la tarde. Por lo demás, los toros tenían todas las cualidades para que se lucieran los lidiadores, que sacaron de ellos todo el partido posible. En ningún momento faltó la elegancia de Morante ni el arrojo de Cayetano. Hubo música para los tres y a Marín le tocaron el pasodoble Manolete. También fueron brillantes los tercios de banderillas y en uno de ellos el capote del joven Marín evitó un percance.  Al regresar al Hotel Monasterio de San Miguel, donde paraban un par de cuadrillas por lo menos, coincidí en el ascensor con Alvarito Domecq rodeado de jóvenes familiares. Al volver de ducharme, esperaba el mismo ascensor un joven, casi un adolescente, que, tímido y educado, me hizo pasar delante. Le dije en el breve trayecto: Hoy se ha trabajado bien,¿eh? - Si, algo se ha hecho - ¿Y usted con qué cuadrilla iba? - Yo soy Ginés Marín.  Naturalmente me deshice en elogios de su labor.  Debo decir que estoy pendiente de operarme de cataratas y que a cierta distancia no distingo los rasgos y menos los de los toreros en el ruedo. Luego me enteré de que Ginés Marín había hecho el paseíllo con el capote de paseo que Manolete llevaba en Linares la última tarde de su vida y que desde entonces  conservaba su amigo Alvaro Domecq, cuyo hijo se lo prestó esta tarde del Puerto a Ginés Marín, a quien no sé si apodera pero a quien desde luego apoya y protege. Algo de eso creí oírle a alguien sentado detrás de mí en la plaza - el crítico taurino Ignacio Sánchez  Mejías -   mientras la banda interpretaba  Manolete. 


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Friday, August 11, 2017

Obra sumamente recomendable

Sunday, July 16, 2017

El Día del Carmen

Salve marinera a bordo del Juan Sebastián Elcano




Salve estrella de los mares,
de los mares, iris de eterna ventura.
Salve, oh fénix de hermosura,
Madre del divino Amor.
De tu pueblo a los pesares
tu clemencia de consuelo,
fervoroso  llegue al cielo
hasta ti, hasta ti nuestro clamor.

Salve,
Salve, estrella de los mares,
Salve, estrella de los mares.
Sí, fervoroso llegue al cielo
hasta ti, hasta ti nuestro clamor.
Salve estrella de los mares,
estrella de los mares.
Salve, Salve, Salve, Salve.

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Wednesday, July 05, 2017

Two Bach players

Sally Mulvihill Duque with V.I.P in Stockbridge, Mass.
Bach en sol mayor

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Wednesday, June 28, 2017

Otra etapa del viaje normando, viernes 7 de junio

La gran visita de la tarde fue Miromesnil, propiedad de Thierry y Béatrice de Vogüé. Ambos habían visitado Sevilla con la Asociación de Amigos de los Jardines de Normandía, y ahora que la Asociación sevillana devolvía la visita, ya no estaba él, fallecido hacía pocos meses. Miromesnil es un maravilloso conjunto de tres elementos fascinantes: la huerta, la arquitectura y la Historia. 

El castillo es el típico castillo normando transparente, es decir, un cuerpo de edificio estrecho, de suerte que la luz entre por ambos lados y, a los extremos, cuatro torreones, en uno de los cuales nació Guy de Maupassant, cuyos padres vivían de alquiler en la mansión. Este torreón redondo, de cónico remate de pizarra con mansarda, pertenece a la época de Enrique IV, que es cuando dio comienzo la construcción. La otra fachada del edificio pertenece en cambio a tiempos de Luis XIII y es más historiada, su techo de pizarra abunda en chimeneas y uno de sus dos torreones piramidales está deformado al reconstruirlo, después del incendio negligente ocasionado por las fuerzas de ocupación norteamericanas.  Antes lo habían ocupado las alemanas, que por lo visto fueron más respetuosas.  Al llegar la Revolución, habitaba el castillo el marqués de Miromesnil, de quien se conserva un bello busto en la Frick Gallery, de Nueva York.
Este marqués de Miromesnil había sido Ministro de Justicia de Luis XVI y dejó tan buen recuerdo – pues, entre otras cosas, fue el que abolió la question o sea el interrogatorio con trato de cuerda – que los revolucionarios respetaron su persona y su propiedad con la condición de que picara las armas del marquesado, incompatibles con la recién proclamada Égalité.   La fachada Enrique IV se abre a una gran perspectiva enmarcada en una alineación de hayas y precedida de una pradera cuyo césped está cortado en zig-zag y tiene a uno de sus lados un cedro bicentenario. El ancho sendero que llega hasta el mar deja a su derecha una capilla románica de dintel Renacimiento e interior barroco. El huerto de muros de ladrillo está a la derecha de la fachada Luis XIII, y en él perdura aun más que en Giverny la mezcla de lo nutritivo con lo deleitoso.  Los condes de Vogüé compraron la propiedad en 1938 y dos años más tarde hubieron de evacuarla ante la ocupación alemana. Al concluir la guerra y la segunda ocupación de la finca, la condesa se encontró con un erial y con la necesidad de dar de comer a una familia numerosa. Lo primero fue, pues, el huerto, donde sólo se producía lo necesario para la intendencia familiar, y sólo en los años 50, la condesa, en competencia con sus vecinas de Le Vastérival y del Jardin des Moutiers, la princesa Sturdza y Mary Mallet, empezó a entremezclar los cuatro canteros de hortalizas con mixed borders y paseos de césped. La base es el mantillo natural hecho de hojas, yerbas, algas y estiércol, y las coles azules, las calabazas rojizas, los puerros, las habas, los calabacines de flor comestible, la albahaca, las salvias azules, rojas o blancas alternan con el lúpulo blanco, las peonías, las campánulas, las digitales, las aquileas. A los bulbos enterrados durante el invierno suceden el cosmos, la lavatera, el tabaco, los heliotropos, las lobelias.
“Madame la Comtesse, Miromesnil vaut Vaux-le-Vicomte”, le digo a Béatrice sin acordarme para nada de que la célebre propiedad que tan cara le resultó al Intendente Fouquet pertenece ahora a su cuñado Patrice de Vogüé, desde que en 1875 la comprara el bisabuelo Alfred Sommier.  

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Monday, June 26, 2017

Viaje a los jardines de Normandía en junio de 2002

(De la charla, ilustrada con proyecciones, a los miembros, en su mayoría del bello sexo, de la Asociación Sevillana de Amigos de los Jardines y el Paisaje, el pasado miércoles 21 de junio en el antiguo consulado de EE. UU. en Sevilla). 

[El primero de los jardines normandos visitados fue Giverny, donde,] 

aunque la luz fuera gris, el agua sacaba a las flores de los canteros y las pérgolas los brillos y los matices de la paleta de Monet.
La casa es la tradicional ferme normande transfigurada por el cromatismo impresionista: rosados los muros y verdes las maderas, y frente a ella, en declive, se despliega un jardín con traza de huerto. Enmarcado en dos grandes tejos,  resto de la antigua arboleda, baja el eje del jardín hasta el muro que en principio separaba la propiedad de la antigua vía férrea, hoy carretera. Al otro lado está el terreno pantanoso que el artista recuperó y transformó en jardín japonés, Le Jardin d’eau, con glicinias sobre el puentecillo, bosquetes de bambú, sauces de Babilonia, y esos estanques con nenúfares que tanto se complacía en pintar.
El jardín de arriba, Le Clos Normand, es una explosión floral, una confusión de colores donde azucenas, narcisos, azaleas, peonías, amapolas se entremezclan en un sabio desorden en un espacio donde lo lógico sería ver tomateras, guisantes, coles, calabazas y zanahorias. Este aparente desorden obedece a un plan preconcebido, de suerte que el jardín tiene un colorido distinto en cada una de las cuatro estaciones. 

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